Visita a los monasterios de Suso y Yuso (San Millán de la Cogolla, La Rioja)

Un lugar donde las palabras mantienen su valor

monasterio de suso y yuso en san millan de la cogolla
El monasterio de Suso, el sitio en el que nos entendimos por primera vez.

Las Glosas Emilianenses ocupan un rinconcito en la memoria de los millones de bachilleres que hablan español en el planeta. Los de letras incluso recuerdan ese nombre: Aemilianensis 60. Aquí se copiaron lo que para muchos son los códices más importantes y hermosos de la península y aquí, en este lugar que comenzó con una gruta excavada en la roca, reposan nuestros ancestros. Así que para los que aman la historia y la literatura, es inevitable cierta emoción. Bienvenidos al Monasterio de Suso –y luego al de Yuso– en el pueblo de San Millán de la Cogolla, seña e identidad de una región tan única como La Rioja.

Al bajar del coche, la bofetada fresca es revitalizante. Hace frío en esta tierra, lo habitual salvo los días de pleno verano. Hay que sacar las entradas, reservadas previamente, en Yuso -de ursum, “bajo” en latín- el monasterio de abajo, para subir a Suso -sursum-, el monasterio de arriba. La burocracia se cuela por la rendija de la belleza; Suso es administrado por el Estado, Yuso pertenece a la Iglesia. Es un dato que aún hoy ilustra cómo empezó toda esta historia en el siglo VI, cuando, según cuenta la leyenda, un monje pastor llegó a ser también un San Millán Matamoros, porque no hay grandeza medieval sin haber luchado para expulsar a los musulmanes ayudando a los reyes castellanos y navarros.

portico de los infantes
Pórtico de los Infantes de Lara.

Los coches privados no pueden subir, así que los visitantes viajan en un autobús. Algunos valientes o quienes no tienen prisa lo hacen a pie, total, son dos kilómetros. San Millán era un pastor que nació en Berceo, sí, donde tiempo después lo hizo otro monje famoso, Gonzalo de Berceo. Y es que no hay más que mirar alrededor para entender por qué los espíritus que querían recogimiento, paz y estudio buscaban lugares como este. Bosques de pinos, robles, quejigos y avellanos cubren las laderas, alrededor de las rocas. Hay mucho que aprender de la ubicación de los monasterios, más en los tiempos que corren cuando tanta gente gira la mirada al campo, huyendo de la multitud.

altar al lado de san millán
El altar al lado de San Millán, el más antiguo.

Es una extraña sensación. Aquí vivió un anacoreta que murió a los 101 años, en una cueva que desde el fondo transmite el olor a humedad a través de la verja que la protege. El hombre devino en un santo, San Millán -Aemilius, Millán, Emiliano- y por su culpa, aquí se levantó uno de los monasterios más famosos de España, el de Suso. Pasó a la historia universal gracias a las primeras palabras en español y euskera que otro monje tradujo del latín y anotó en el margen de un códice. Aquí las palabras mantienen su valor, aunque corría el siglo XI cuando aquel copista se atrevió a escribirlas en letras para el pueblo. Millán vivió antes, en el siglo VI. 

glosas emilanenses
Copia de las tablas de San Millán, su vida y su obra.

La guía de esta mañana, Beatriz, recuerda que el pastor Millán fue iniciado en su camino asceta por otro personaje, San Felices. La iglesia pegada a la roca es del siglo V y va incorporando elementos hasta el siglo XI. En realidad, aquí se puede dar una pequeña clase de arte visigodo, mozárabe y románico a través de las diferencias entre sus arcos de los tres estilos; aunque el predominante es el "románico visigodo".

cenotafio san millan
Cenotafio de San Millán, estilo visigodo y alabastro negro. Interior con arcos de herradura mozárabes y osario.

Grafitis de hace siglos

“Este atrio está rodeado de los sepulcros de los siete Infantes de Lara”, relata la guía, y entonces asaltan al grupo de turistas las clases de Lengua y Literatura, los romances, como el de Los Siete Infantes de Lara, cuyos cuerpos supuestamente están en estos féretros de piedra por culpa del odio de Doña Lambra. Las cabezas, según la leyenda, reposan en la iglesia de Santa María de los Infantes, en Burgos.

interior del monasterio de suso con arcos de herradura
Interior con arcos de herradura mozárabes.

Un poco más allá, los sepulcros de tres reinas de Navarra: Toda, Jimena y Elvira. “¿Cómo, en tiempos de nombres como Cayetano, Pelayo o Beltrán, nadie ha puesto de moda el nombre de “Toda” para una hija?”, susurra una de las turistas a su compañero de visita, mientras la guía sigue con la explicación. Ni los infantes ni las reinas de Navarra deben opacar el cenotafio -monumento funerario- románico de San Millán, bajo un arco en un rincón de la cueva excavada. Se cree que fue obra del maestro de Santo Domingo de la Calzada.

pintada del portico de los infantes de lara
Pintada antigua en el Pórtico de los Infantes de Lara.

Las paredes con grafitis de hace siglos y siglos, el arco mozárabe, el alabastro de las cuevas, el altar visigodo, considerado “uno de los más antiguos de España”... La voz de la guía va desgranando los méritos de los muros y de los monjes que los habitaron, que se quedan pequeños si la imaginación viaja hasta aquellos hombres, muertos de frío, refugiados entre estas paredes de roca húmeda, copiando hermosos códices para los que necesitaron una paciencia que hoy sería impensable.

pila bautismal
Detalle de la pila bautismal.

Los reyes navarros van añadiendo arcos románicos, los monjes van cambiando y el uso y ocupación del lugar, también. Tras eremitas como Felices o Millán, se paso a cenobio, porque la vida en estas tierras ya era dura como para soportarla en soledad. Hasta que el malvado Almanzor lo quema en el año 1002. Adiós a las pinturas de la iglesia visigoda con arcos mozárabes, a los fabulosos estucos. Luego un monje poeta, nacido en Berceo, tan cerca de aquí y de nombre Gonzalo, escribe parte de su obra en este lugar. Al fondo están las tablas góticas donde San Millán luce como “el fulminador de demonios” que la Iglesia le atribuye ser. Afuera de nuevo, la Cueva de la Cuaresma, donde Millán practicaba el ayuno y penitencia durante 40 días.

vista de yuso desde suso
Yuso desde Suso.

García Sánchez III y el origen de Yuso

El bosque se extiende a nuestros pies y tras dejar atrás el portalillo, el suelo de entrada, las estrellas mozárabes de cinco puntas y el recuerdo de los moros y cristianos, el paseo de bajada en dos kilómetros hasta Yuso es un placer. Es media mañana y desde alguna de las iglesias de alrededor suena el Ángelus, las campanadas cuyo significado desconocen los más jóvenes del grupo de visita. No hay labradores ni monjes a la vista que se paren a rezar. Lástima, darían el toque definitivo del tiempo parado.

detalles en arcos
Detalle de estrellas de los arcos mozárabes en el interior. Cruce de culturas.

Adrián, el guía del Monasterio de Yuso -abajo- espera pacientemente a los visitantes que descienden a pie, dejando atrás 1.500 años de historia. Como su compañera, recuerda que Yuso significa “monasterio de abajo”. Cuenta la leyenda que García Sánchez III, el de Nájera -de aquí al lado, pegadito vamos- decidió trasladar los restos de San Millán en el año 1053 para llevarlo a su pueblo. Pero en el camino, al llegar hasta aquí, los bueyes, porteadores, lo que fuera que trasladaba al santo, se quedó clavado al suelo. Conclusión: Millán no quería que le sacaran muy lejos del lugar que él había escogido para escapar del mundo. Así que García entiende la señal y aquí se levanta el segundo monasterio.

relieve de san millan
Relieve de San Millán "Matamoros" en la portada de acceso al monasterio.

Hasta aquí la historia amena, pero todo parece indicar que este monasterio se levantó entre los siglos X y XI y convivió con el de Suso, aunque terminó siendo derruido. Luego fue reconstruido entre los siglos XVI yXVIII -renacentista y neoclásico- y el resultado es más grandilocuente que el de arriba, a distancia claro. Goza de una iglesia catedralicia, dos claustros, sacristía enorme, museo, y lo más interesante para muchos de sus visitantes, el Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española.

relieve millan matamoros
Millán Matamoroso de cerca.

Aquí se puede admirar el trabajo de los monjes que copiaron en el scriptorium tantas obras. Y aquí destaca el Códice Amilianenses 60, las más de mil anotaciones conocidas como Glosas Emilianenses, escritas entre los siglos IX y XI. Y, aunque el guía explica que lo que enseñan es una copia -el original está en la Real Academia de la Historia-, el contexto  eleva a la réplica que se contempla.

cluastro procesional
Claustro Procesional de estilo renacentista, aunque con bóvedas góticas, y piso superior clasicista.

El guía Adrián sobre todo pone en valor el alabastro. Los monjes, obsesionados con que la humedad no destruyera sus copias, utilizaron el alabastro para cubrir el suelo de la biblioteca, que mantenía la sala a salvo de filtraciones. El resultado es que, además de proteger los códices, el color de los frescos de la biblioteca de Yuso se conserva tan vivo como el día en que se realizaron.

altar mayor
Altar mayor con el lienzo de Fray Juan Ricci representando a San Millán a caballo en la batalla de Hacinas.

El postre: la arqueta de marfil

Pero el momento cumbre de esta visita es la sala de los cantorales. Consciente de lo que va a descubrir, el guía lleva sus manos hasta el armario que descorre con cierto misterio y donde se guardan los grandes libros que recogen los salmos o cánticos que los monjes entonaban durante la Edad Media. Algunos, apunta Adrián, pesan hasta 60 kilos. Un silencio de segundos seguido de un suave “oooh”, y se corre la puerta.

sacristia del monasterio de yuso
Sacristía del monasterio de Yuso. Pinturas sobre cobre.

Los colores de los códices son tan frescos, tan llamativos, tan hermosos… Y se han mantenido en este papel de pergamino durante siglos, protegidos de la humedad, los traslados, los descuidos. Es imposible no pensar en las manos del copista trabajando, despacio, con mimo, casi sin respirar. No es de extrañar que agudizaran el ingenio para protegerlos, de forma que lo que abre el guía a los visitantes es una estantería cerrada que cuenta con un sistema de ventilación propia y una gatera, un agujero en la pared para que el gato pueda entrar a cazar los ratones, antes de que estos se den un banquete con los pergaminos. Las piedras porosas que permiten que el aire circule y el estar situada en la zona norte del monasterio, la más fría y donde menos varía la temperatura, también ayuda a la conservación. 

El suelo es de puro alabastro, y esta es una de las razones por las que los frescos del techo se han conservado perfectamente.

Y como postre, la arqueta en marfil de San Millán, delicadísima, maravillosa: chapada en oro, con piedras preciosas, cristales de roca y 39 placas de marfil que cuentan la vida y milagros de San Millán. “Una verdadera obra maestra del arte del mueble”, citan las guías oficiales y corrobora el de esta mañana. 

codices y cantorales
Códices y cantorales en la biblioteca del monasterio de Yuso.

La invasión de las tropas francesas remató siglos de desidia sobre la obra, más por desconocimiento que por mala voluntad. Los monjes escondieron las reliquias del santo para salvarlas de las tropas francesas, pero no parecían conscientes del valor de los marfiles que cubrían la arqueta. Hasta que vieron con qué ganas pretendían llevárselas los franceses. Ya antes faltaban unas cuantas, así que escondieron el arca que antaño había guardado las reliquias del zarandeado San Millán.

guia en monasterio de yuso
Y el guía abrió la estantería de los tesoros, muestra del ingenio de los monjes.

En fin, que entre tanto viaje más la Guerra Civil -cuando los marfiles fueron trasladados al Museo Arqueológico en Madrid- aquí hoy se contemplan unas cuantas tablas, bellísimas, pero, según cuentan los textos turísticos, han aparecido también en museos de Nueva York, Boston, San Petersburgo, Berlín y Florencia.

arqueta de san millan
La arqueta de San Millán y sus marfiles.

Mejor salir del lugar con la imagen en la retina de la arqueta y disfrutar de este paisaje y aire limpio, con el que es tan fácil mantener en el recuerdo a quienes hace más de mil años tenían tiempo para crear belleza con sus pacientes manos.  

trascoro
Trascoro rococó, con el pulpito plateresco.

Esta sensación de haber estado ante una estantería mágica y una arqueta viva relega la visita a la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, pero tiene tres naves y una bóveda que, según cuenta Adrián, fueron edificadas en el siglo XVI. Lo más destacado es el altar, con un retablo rococó obra de Francisco Bisou y dos puertas que hay que pararse a admirar. 

arqueta de san felices
La Arqueta de San Felices, del siglo XII, que tiene en su interior los restos de este santo de la Alta Edad Media.

Al salir, a la espalda de los visitantes queda ese San Millán Matamoros, a caballo y con espada, elevado sobre la puerta principal. Resulta un personajes extraño, exagerado, incluso violento frente a los malvados moros si se le contrasta con el humilde pastor de Suso, el mismo hombre que eligió una cueva para estar con Dios. O con los pacientes monjes, artistas de la copia. Cosas que la historia añade según las necesidades de cada cultura dominante. 

MONASTERIOS DE SUSO Y YUSO - Prestiño, s/n. San Millán de la Cogolla, La Rioja. Tel: 941.37.30.49