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Una mañana de verano cualquiera, la luz de Zahara de los Atunes se cuela través de la tela que cubre la terraza de Clandestino creando un efecto de brillos titilantes sobre la arena. Con los pies enterrados en la playa, se puede ver el mar al fondo y soñar con el atún de almadraba del que presume Cádiz. Aunque hay que tener en cuenta que aquí el producto local se adaptan al propósito de un chef africano, Siabou Turé, que se ha formado en cocinas de europeas. Esto aporta un toque especial a sus platos, ya sean del mar, como las albóndigas de atún con sopa de cebolla y trompetas de la muerte; o del campo, como su tomate aliñado con salmorejo de pimiento.
Prudencio Sánchez y Guadalupe Calzadilla, conocidos como Pucho y Guada, los dueños de Clandestino presumen orgullosos de la carta del cocinero al que le han dado “toda la libertad del mundo, aunque con alguna que otra petición especial”, según cuenta el propio Pucho. Se refiere a la croqueta con aceituna que hacía María Dolores, madre de una familia amiga de Bilbao, y que Siabou supo captar en esencia aplicándole su maestría con la bechamel. Con la elaboración de esta salsa, no falla con ninguna de las croquetas caseras de la carta; y, se suma, el tigre de la casa, que da buena fe del don del africano, que le imprime una cremosidad y un punto picante únicos.
La técnica de Siabou viene de su paso por Le Gabriel, en París (3 Estrellas Michelin), donde perfeccionó sus conocimientos sobre gastronomía que hoy pone en práctica y sin miedo en Clandestino. El joven chef maliense, que llegó a Europa en 2018 en busca de un futuro mejor, se terminó interesando por la cocina pese a que nunca le había llamado la atención. Después de moverse entre Francia y España, Siabou cuenta en su historial profesional con restaurantes como Abya (Restaurante Guía Repsol), Papúa o El Rincón de Esteban, además del mencionado francés Le Gabriel, que le ha dado esa visión personal que él está imprimiendo al producto local de Zahara.
Pero empecemos por donde comienzan todas las buenas historias: por el principio. Pucho conoce la costa gaditana desde los años 70 y es un enamorado de esta luz única. “Me siento a leer en mi terraza mientras escucho música y te puedo asegurar que cada hora, cada día, la luz es distinta, cambia”, explica emocionado tantos años después. Con su mujer, Guada, decidieron comprarse su primera casa aquí en 1998. Desde entonces, iban y venían a esta tierra marcada como su lugar oficial de descanso y veraneo. Hace cinco años, Pucho dejó la asesoría fiscal y se instalaron definitivamente en Zahara, donde compraron una casa en Playa del Carmen, justo encima del local de Clandestino. “Nos vinimos de la zona de la Playa de los Alemanes por nuestros hijos, que querían estar cada dos por tres en el pueblo y en verano era un infierno llegar hasta aquí”, explica Pucho.
El extremeño, de Badajoz, pasó de asesor fiscal a hostelero casi sin darse cuenta. La parte baja de su propia vivienda, que iba a ser destinada a apartamentos turísticos, se convirtió en un restaurante chiringuito que ha ido evolucionando en nombre —antes era La Pirindola (por un barco de vapor hundido en 1899 que cuando la marea se retira, emergen sus chimeneas, a las que los lugareños bautizaron como ese nombre)—, y en la cocina, de un primer socio pasó el año pasado a ser ya Clandestino con dos asesores gastronómicos, Javier Goya y José Fuentes, justo cuando Pucho y Guada conocieron a Siabou y se enamoraron de su cocina. El joven chef ha dado la estabilidad al negocio que estaban buscando.
“Mi sueño es hacer feliz a la gente”, asegura Siabou como si eso fuera cualquier cosa y más viniendo de los esfuerzos que supone la cocina. Reconoce que se mueve como pez en el agua con la bechamel, pero también apuesta por pescados locales y arroces, como el cremoso de atún de almadraba y otro de presa ibérica, con buenos resultados.
Con un ticket medio que no supera los 45 euros, es una buena opción para comer delante del mar. En la sala, Carmen, de Zahara; Antonio, de Barbate; y Kenet, de Barcelona (madre estadounidense y padre catalán) ponen la chispa a un local acogedor en el interior y con una terraza inmensa en el exterior. Eso sí, aquí en el sur pendiente de si sopla levante o poniente, porque son los vientos los que determinan la decisión de sentarse dentro o fuera. En cualquier caso, la inolvidable puesta de sol está siempre garantizada.
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