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Cuatro maneras de entender el universo heladero. Cuatro proyectos colmados de alma y con mucha historia detrás. Cuatro heladerías con acento sevillano —aunque de almas malagueña y francesa, italiana y jienense— en las que el conformismo no tiene cabida: desde los obradores de estos templos en los que se venera el refrescante alimento, se trabaja a diario para experimentar, explorar técnicas y sabores, sorprender y mejorar, para hacer disfrutar y tratar de encontrar la excelencia. Y, no nos cabe duda, lo están consiguiendo a lo grande.
Tenía que ser frente a la Iglesia de Santa Ana, uno de esos rincones que gritan “pureza” a los cuatro vientos, el lugar que el insigne pastelero escogiera para abrir su nueva aventura empresarial. Aunque, tan sólo hay que atravesar la puerta del negocio para entender que Frío Fino es mucho más que eso: es un pequeño refugio donde se despacha un producto tan delicioso como estudiado; tan apetecible como cautivador. Manu, que supo ya a los 13 años, cuando aún estudiaba en el colegio en su Francia natal, que quería dedicar el resto de su vida a ser pastelero, no lo ha dudado: la heladería, con la que ya había coqueteado en sus pastelerías, era el siguiente campo sobre el que apostar.
“Como ya tenía las vitrinas y la maquinaria, me dije: vamos a intentar hacer un espacio exclusivamente para heladería y compensar así los meses de mucho calor en Sevilla, cuando la pastelería se relaja más”, nos cuenta mientras nos prepara un cucurucho con uno de los sabores de temporada: el helado de fresa de Huelva, que corona con una pequeña palmera de hojaldre hecha en casa. Tras la vitrina, un total de 14 propuestas divididas en dos grupos. “Por un lado hay 8 sabores, los puros, y por otro, seis que tenemos intención de ir rotando en función de la temporalidad”, nos desvela.
Y hablamos de la nata o el caramelo y piñones, del bombón de yema, la palmera de huevo o el de turrón. Entre todas las opciones, los ojos se nos van a una muy especial: “La tarrina grande la servimos en una cesta de masa de cruasán sobre la que ponemos una bola de helado al gusto del cliente, que después lo puede acompañar de una salsa de chocolate o caramelo, y una galleta”. Sus dos universos abrazados en una dulce tentación, elaborada gracias a su control absoluto de ambas técnicas.
Pero si el maestro pastelero tuviera que decantarse por un solo sabor, reconoce que sería el de turrón. “Hemos hecho también uno de avellana con barquillo al que hemos llamado ‘kínder bueno’”, nos cuenta sonriendo. Así abarca también los gustos de los más pequeños de la casa. Eso sí, su filosofía continúa siendo la misma, la que defiende el producto 100% artesano sobre todas las cosas. Antes de irnos, nos desvela algo más: “Tenemos un helado solidario, y empezamos en septiembre a venderlo. Queremos que compañeros del oficio, grandes profesionales como Ricard Martínez —que será el primero—, puedan tener un helado de su elección en nuestra heladería durante un tiempo”. El beneficio de ese helado, nos comenta, se donará a diferentes proyectos de la ciudad.
FRÍO FINO. C/ Pureza, 83 (Sevilla). Tel. 675 873 674
Hace ya 10 años que la Plaza del Museo de Sevilla acogió a un malagueño de talento inmenso y pasión desbocada por su oficio. Un abanderado del mundo heladero que decidió sacudir los recuerdos de su vida y abrazar todo aquello que le ha provocado inspiración a lo largo de los años, para dar sentido y contenido a Créeme, su despacho de helados, que es también obrador. “Este es un proyecto muy personal, una visión muy particular de lo que es la heladería, con un bagaje profundo en lo gastronómico. Nace de una reflexión muy pausada, de un trabajo introspectivo de lo que es el oficio artesanal”, nos relata Antonio Chami.
Con una formación eminentemente francesa en el ámbito de la gastronomía, el maestro pasó por cocina y pastelería, incluso panadería, antes de enfocar su trayectoria a los helados. ¿La razón? Posiblemente, los recuerdos —porque su trabajo se halla muy relacionado con ellos— de los días de infancia elaborando helado con su padre en una antigua heladera de madera, con hielo y sal. “Soy un apasionado de mi trabajo”, nos cuenta. “Me encanta pasar horas en el obrador, reflexionar sobre un sabor y buscar combinaciones que cuenten algo propio. Hay que venir varias veces a Créeme para entender mi forma de trabajar: creo que un mismo sabor va evolucionando. Aunque sea el mismo, nunca es igual. Primero, por la estacionalidad del producto, y segundo, porque mi paladar también se va ajustando”, añade.
Entre sus grandes éxitos, figuran propuestas que son imposibles de encontrar en ningún otro lugar, pues parten de emociones, sentimientos e historias vividas en primera persona. ¿Por ejemplo? El de ‘Naranja de mi niña’, que surgió a partir de que su hija, con apenas un año, jugara rociando crema de chocolate sobre naranjas. El resultado fue, precisamente, esa combinación: helado de naranja con trozos de chocolate. “Lo curioso es que este año he hecho otro helado con ella, que ya tiene 10 años. Se llama ‘Chocolate de mi niña’ y es lo contrario: helado de chocolate con naranja, al que le introducimos también trozos de naranja”. El bautizado como ‘Patio’, que a lo largo de los años ha llegado a tener albahaca, limón, naranja o azahar, es un doble homenaje: al disco de Triana de 1975, y al patio malagueño de su tía, en el que se crio.
Propuestas con nombre propio, como Zurbarán, Antonio Machado o Velázquez, se han convertido en clásicos de la casa. Helados que no puede eliminar de la oferta de 30 sabores que se despliega en su vitrina, porque tienen su clientela fija. En el apartado de los que describe como “helados gastronómicos” se hallan aquellos algo más complejos gustativamente, con combinaciones y mezclas interesantes que abarcan desde la botánica, las aromáticas o los cereales. “Aparte de los helados, los barquillos también los hago yo a mano. Uno a uno. Es algo que forma parte del proceso”, nos dice orgulloso. Y cuando defiende que los hace él, es literal: “Estoy solo en el proyecto, soy un solitario. Tengo que admitir que me gusta estar solo en mi obrador y pelearme conmigo mismo. Hacer las cosas siempre con una rutina, una disciplina y una introspectiva muy personal”, sostiene. Y entonces le hacemos la última pregunta. Y él, ¿con cuál se quedaría? Chami no lo duda: “El que me llevaría a la luna sería la vainilla. No porque sea el mejor helado, sino porque en cualquier momento o estado de ánimo, la vainilla siempre está”. Tomamos nota.
CRÉEME. Plaza del Museo, 2 (Sevilla).
Cuenta Rocío Cañizares, maestra heladera y propietaria de los cinco despachos de helados que Bolas posee ya en Sevilla junto a sus otros dos socios —su marido, Marco, y Kevin—, que están pensando en colgar en el obrador un rótulo luminoso que rece esta frase: “Aquí hemos venido a jugar”. Porque siempre que se plantean arriesgar o no, atreverse con una nueva idea o dejarla pasar, es el mantra que se recuerdan unos a otros.
Quizás, y muy posiblemente, eso sea lo que les ha hecho crecer en cuestión de cinco años de la manera que lo han hecho. Todo empezó allá por 2021, cuando se hicieron con el traspaso del antiguo Bolas y también con la marca: la heladería ya existía desde 2013 y contaba con un nombre y una identidad. “Quisimos mantener las recetas que el anterior propietario ya había desarrollado previamente y que eran marca Bolas, como el ‘Magallanes’ o el ‘Limón con hierbabuena’... sus helados estrella”, nos cuenta Rocío.
Era la primera vez que ella y su marido, que son los que se lanzaron a la aventura empresarial desde el inicio, se ponían al mando de un proyecto como este. Antes, ella, formada en pastelería y cocina en la Escuela de Hostelería La Laguna de Baeza, había pasado por grandes nombres de la restauración, como Finca Cortesín, en España, o los restaurantes de Nobu en Londres o Matsuhisa en Múnich. En este último llegó a alcanzar el puesto de jefa de pastelería del Hotel Mandarín Oriental, donde se ubicaba. De regreso a Andalucía, y con la pandemia trastocando la vida de todos, decidieron probar suerte. Era el momento de lanzarse a la piscina.
“A nosotros nos mueve la pasión por lo que hacemos. Y nos mueve la gente y el ambiente. Siempre que podemos, intentamos darle una pinceladita a algunos helados que tengan que ver con nuestra tierra, con Sevilla y su idiosincrasia... porque Sevilla da mucho juego. Sevilla es impresionante”, nos relata la maestra heladera. Por eso, echar un vistazo a la carta de sabores de sus heladerías, algunas de las cuales llegan a tener vitrinas con 32 de ellos, es toparse con esos nombres de siempre, claro, pero también con muchos otros que son puro producto de la creatividad de nuestra anfitriona. “La mayoría de las creaciones, más que por sabor, vienen por experiencia”, cuenta. “Nuestros helados están hechos con leche, azúcar y lo que sea que lleve: si es avellana, son avellanas. Si es granada, lleva zumo de granada que hacemos nosotros. Para que te hagas una idea: exprimimos la friolera de entre 50 y 100 kilos de limones a la semana en el obrador, porque el helado de hierbabuena lleva limón puro y duro exprimido a mano. Los tríceps los tenemos estupendos”, bromea.
Si tuviera que destacar un sabor especial, lo tiene muy claro: “El nazarí, sin duda. Es un sorbete de granada con mandarina, canela y granadina. La granadina es mero invento mío, pero el resto lo lleva porque era lo que mi padre merendaba siempre. Yo lo he comido 50 mil veces con él”, nos narra, aunque reconoce que el que más quebraderos de cabeza le trajo fue el helado de incienso: encontrar la receta que le convenciera fue cuestión de muchos prueba y error. Adicta a los retos, a menudo trabajan colaboraciones con otros profesionales del sector o se animan a dar forma a sabores para un evento o fecha señalada. La primera de las heladerías que abrieron fue en calle Órfila, pero cuentan con despachos también en Triana, en calle Feria, en la Alfalfa y, por último, en calle Jimios, en pleno centro histórico.
BOLAS. Varias ubicaciones: C/ Herbolarios, 20. C/ Orfila, 1. C/ Feria, 39. C/ Castilla, 4 y C/ Jimios, 2 (Sevilla)
Quizá sea por la música italiana que suena por los altavoces cuando se entra en cualquiera de las heladerías que MITO (Solete Repsol), de La Bombonera Group, tiene repartidas por Sevilla. O tal vez sea la manera en la que sirven esos maravillosos gelatos, conservados en las características carapinas, manejando con destreza la pala hasta darles la cremosidad necesaria. Puede ser que sea al catar cualquiera de sus sabores —20, en total—, o al darle un mordisco a la deliciosa galleta que corona el cono o tarrina. La cuestión es que, por un segundo, al menos por un instante, uno siente que se halla en pleno Ponte Vecchio fiorentino.
La razón es sencilla: tras esta cadena de gelaterias —que no heladerías— se halla también el maestro gelataio Giuseppe Di Bella, tercera generación de una familia dedicada al oficio. El italiano, que aprendió los secretos del helado de su padre —quien, a su vez, los aprendió del suyo—, defiende el respetar una tradición que no necesita de demasiados artificios. Se trata de apostar por ingredientes naturales, contar con buena maquinaria —en ambos casos, llegados directamente de Italia, claro— y trabajar duro para lograr que cada elaboración alcance el equilibrio entre sabor, textura y cremosidad.
Tal es el éxito de sus propuestas, que no es raro encontrar una fila perenne de fieles clientes a las puertas del despacho que poseen junto al Arco del Postigo, la primera de las tiendas que abrieron. Actualmente, ya con cinco en la capital hispalense —y otra más, en San José de la Rinconada—, se han afianzado como referente heladero en Sevilla gracias al reconocimiento de sus productos.
Pero, ¿hablamos de sabores? No deben dejar de probarse grandes clásicos como el pistacho o el cioccolato (chocolate), la fragola (fresa) o el limone (limón). Otros, sin embargo, se hallan más vinculados a la tradición italiana. Por ejemplo, la ‘Fiordilatte’ (flor de leche) o el ‘Buontalenti’, sabor creado en Florencia a partir de leche, miel, yema de huevo y un toque de vino en el siglo XVI. Hay espacio también, por supuesto, para guiños a Sevilla y para sabores de temporada que van renovando la propuesta. Una carta variada que convierte la elección del sabor en la parte más difícil de la visita.
Sin embargo, desde su apertura, MITO sigue fiel a la idea con la que nació: traer a Sevilla la cultura del gelato italiano y hacerlo con la mirada puesta en la tradición fiorentina. Porque, como resume su propio lema, la declaración de intenciones cabe en cuatro palabras: "Il gelato è italiano" ("El helado es italiano).
MITO. Varias ubicaciones: C/ Almirantazgo, 8. C/ San Pablo, 14. C/ Álvarez Quintero, 8. Plaza del Duque de la Victoria, 14. C/ Asunción, 9 (Sevilla). Tel. 682 298 669
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