Caldes de Montbui

Caldes de Montbui

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En un primer paseo por el municipio bacelonés, el viajero podrá sentir su cálida bienvenida. Por las 'venas' de Caldes corre agua caliente, que hierve en los balnearios, bajo las calles, en la fuente de la plaza y en los lavaderos. Su escudo presenta un caldero y su historia siempre remite a salud, descanso y curación, ya desde tiempos romanos. La prueba más palpable está en las termas del siglo I a.C., las mejor conservadas de la península. La inmaterial aguarda en el cercano museo Thermalia, que aglutina toda la sabiduría termal que aún palpita en los balnearios, además de acoger obras de Picasso y del escultor Manolo Hugué.

Ambos puntos se sitúan en torno a la plaza de la Fuente del León, donde mana el agua a 74º, un asombro para visitantes y el pan de (casi) cada día para los locales. De esta fuente se nutre el Lavadero de la Portalera, adonde algunos calderines (habitantes de Caldes de Montbui) todavía acuden a lavar la ropa a mano. Ese agua también da algo de calor a los que rezan en la iglesia de Santa María.

Caldes, el pueblo que bulle, también hierve agua en sus fiestas, como en el Mercat de l’Olla i la Caldera. Porque el agua termal sirve para mucho más que para relajarse o tratar problemas musculares en el balneario; la Farmacia Codina la usó para hacer yogures y ahora se utiliza para producir el chocolate en el que mojar los 'carquinyolis', dulces de obligado cumplimiento. El estómago lleno es buen aliado para pasear por el Puente Románico y bordear el río que acompaña a Caldes en su milenario hervor.

Caldes tiene una montaña cercana, El Farrell, de cuya formación hay una leyenda. Cuentan los más viejos que hace muchos años había un gigante llamado Farrellas, granjero de vida tranquila dotado de una fuerza descomunal. Un vecino le contó que, en Barcelona, otro gigante llamado Moro tenía secuestrada a una bella joven. Dispuestos ambos, fueron a la Ciudad Condal a liberarla. El gigante Moro invitó a comer a Farellas, cortesía previa a la pelea que se celebraría en la plaza. Farellas comió todo lo que quiso y, cuando llegó la lucha, aguantó firme los golpes de Moro, para luego lanzarlo con tal fuerza por los aires que acabó fuera de la ciudad. Farellas, de vuelta a su casa, se sentó a dormir bajo un árbol. En esto, cayó una granizada de tal calibre que cubrió al gigante dormido, quien no despertó nunca más. La montaña de El Farrell quedó terminada.

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