Constantí

Con sabor añejo

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A poco más de un paseo largo desde Tarragona y la playa, el pequeño municipio de Constantí respira con esa tranquilidad de quien ha visto pasar ya demasiados siglos y pueblos como para inquietarse fácilmente. Dicho de otra forma: los constantinecs conocen bien el valor de su villa, que hace su aparición formal en la historia ya en tiempos de los romanos. Ellos le dejaron de regalo no menos de una decena de villas, incluido el Mausoleo de Centcelles. Está situado en las inmediaciones de Constantí, y los arqueólogos aún especulan sobre el uso que tuvieron sus edificaciones. Se cree que pudieron servir de sepultura para el emperador bizantino Constante II, de quien habría tomado su nombre el municipio. Los gastados mosaicos que adornan esos techos de piedra nos llenan la cabeza de misteriosos ecos del pasado y preparan nuestro ánimo para la visita al pueblo. Allí, dejando atrás los restos de su muralla medieval, la calle Mayor nos transporta más de mil años en el tiempo, hasta esos siglos XVII y XVIII en que empieza a perfilarse el núcleo urbano que ahora recorremos. De entonces data su iglesia parroquial, San Félix, de 1734, de fachada elegantemente decorada en pintura, llamando la atención entre las casas sencillas que la rodean. En su costado, un espigado campanario, de construcción posterior, señala a lo alto, como queriendo marcar orgulloso el lugar de Constantí en el mapa de Tarragona.

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