L'Ametlla de Mar

Un ave fénix de calas vírgenes e imponentes playas

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Pasear al borde de un interminable abismo junto al mar es un placer inigualable que apetece repetir, año tras año, en L´Ametlla de Mar. Presumiendo de sus orígenes marineros, el municipio desenrolla sus casi quince kilómetros de costa a orillas del mar Mediterráneo, con imponentes playas, como l’Alguer, Pixavaques o Calafató, y calas vírgenes, como Santes Creus o Torrent del Pi. Los amantes del submarinismo encontrarán en éstas últimas un auténtico filón de fondos marinos y emociones para la vista. En L´Ametlla de Mar, las estampas de las espectaculares puestas de sol con sus barcos de pesca conviven con los restos de un pasado amurallado por exigencias de la Historia. El fortín más antiguo que se conserva es el Castillo de Sant Jordi, guarda y custodio de los barcos que naufragaron en su playa durante la Primera Guerra Mundial. Las leyendas de los bandoleros, que habitaban la comarca en el siglo XVIII, resuenan aún en los alrededores del cerro de Montagut, el pico más alto de la localidad. Y los ecos de cañozazos y disparos de los heroicos soldados republicanos se escuchan en la batería de costa de la Playa de Port Olivet o en las trincheras que pasan bajo la Torre de la Punta del Águila. Ni bandoleros ni cañonazos. Nada ha podido socavar la belleza de L'Ametlla de Mar. Ni siquiera la negra época de los años treinta con la masiva emigración a Palamós. A partir de los años 60, como un ave fénix, L'Ametlla de Mar renació de sus cenizas.

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