Ordizia

Ordizia

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En el valle del río Oria, la sosegada vida de Ordizia sigue su curso. Sin embargo, no siempre fue así. Un pavoroso incendio trastocó la tranquilidad del pueblo en el año 1512 al consumirlo las llamas, pero consiguió resurgir de sus cenizas. Ese fatídico hecho le sirvió a la reina Juana para concederle la ‘Real Facultad’ de organizar un mercado un día a la semana. Hoy, cinco siglos después, sigue celebrándose. En el mismo lugar, los productos frescos toman una Plaza Mayor con aires medievales. Una atmósfera que se respira en su elíptico entramado urbano repleto de palacios, como el de Barrena o Zabala. Entre sus calles, sorprende la escultura de un ilustre vasco, Andrés de Urdaneta, quién descubrió la ruta de Asia a América y abrió una importante ruta comercial entre ambos Continentes (el ‘tornaviaje’).

Vascas también son las tradiciones y la gastronomía que el visitante puede palpar en el museo d’Elikatuz. Junto a él, las Fiestas Vascas encumbran al queso Idiazábal, que adquiere nombre propio en esta localidad de Gipuzkoa. Por este producto lácteo de gran calidad se han llegado a pagar cantidades astronómicas en la particular subasta por conseguir parte del queso ganador. Además, la fiesta continúa en la villa con las celebraciones patronales de Santa Ana, en la que toman protagonismo las parejas recién casadas. Después de tanta actividad, el viajero necesita un merecido descanso. Este pueblo cuenta con la tranquilidad necesaria y el aire relajado del parque Oianguren. A partir del verde de su tierra, Ordizia presenta la tradición, el sentir vasco y un espíritu comercial rodeado de un ambiente más que medieval.

Ordizia llegó a contar con cuatro puertas de entrada a la villa: la de Francia, la de Soledad, la de Castilla y la de Garagartza.

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