Zarautz

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Entre los surfistas de tabla en el costado y cordón al tobillo y los toldos blanquiazules de sabor novecentista se mueve la guipuzcoana Zarautz, con un pie en lo trendy y otro en lo vintage, queriendo sumar atractivos, contentar a todos, conocedora del potencial de su playa y su enorme atractivo turístico. Hace casi ya 200 años reyes y aristócratas eligieron esta villa como destino de veraneo, y en ese momento quedó marcada para el futuro como referente turístico del Cantábrico. Desde entonces, su imán para el viajero no ha hecho más que crecer y diversificarse.

El epicentro de esta oferta no podía ser otro que la propia playa de Zarautz, la más larga del País Vasco, que por algo la llaman La Reina. Una emperatriz que ejerce su soberanía a lo largo de 2,8 km entre deportistas de todo el mundo que acuden a rendirle pleitesía y los bañistas que se cobijan bajo sus características tiendas, con sus toldos de aroma señorial, los mismos que reflejó Joaquín Sorolla en su cuadro ‘Bajo el toldo’. A esa playa se le añadió con los años un camping a la altura de los mejores del País Vasco, situado en una bella y verde colina a tiro de piedra del arenal, que se ha convertido por sí mismo en un reclamo y seña de identidad de Zarautz.

Aunque cueste darle la espalda a ese arenal infinito, la visita al casco de la villa añade más motivos para dejarse seducir. Desde su antiguo asentamiento romano a edificios como el Palacio de Narros, que ayudan a entender el pedigrí señorial que ha hecho de Zarautz lo que es hoy. Igual que sus caseríos o las iglesias, como Santa María de la Real, o el convento de Santa Clara. Hay que dejarse seducir por los bares que pueblan el casco viejo, donde se degusta la delicia gastronómica que ofrecen sus pintxos, regados con txacoli. Pero por si lo anterior no bastara, esta preciosa villa también tienta a los amantes del turismo rural desde el Biotopo de Iñurritza, un trozo de litoral donde, entre dunas, marismas y acantilados, Zarautz conjura su belleza en un nuevo y distinto sabor.

Con menos solera, pero sobrado nombre, el cocinero Karlos Arguiñano ha puesto más de un grano de arena para extender la fama de Zarautz desde su hotel restaurante a pie de playa. Gracias a ello, cuenta con su propia estatua a la puerta del local.

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