Plaza de Cibeles

Plaza de Cibeles

Cantaba ese trovador contemporáneo de la ciudad de Madrid, que es Joaquín Sabina, la historia de un loco enamorado de la Cibeles. Sabemos que él se había escapado del psiquiátrico, pero, mirándola a ella, queda claro que hasta el más cuerdo se enamoraría de la diosa. Madre de la Tierra, hija del Cielo, su símbolo es la luna, que brilla casi tanto como ella y su alrededor al caer la noche. Ante sus ojos ha pasado la historia de la ciudad de los últimos doscientos años, desde que los madrileños acudían a su fuente realmente para coger agua, pasando por varias remodelaciones de la plaza que ahora regenta, el monumental crecimiento de las calles Gran Vía o Alcalá o los barrios que la rodean; también los años de la guerra, durante los cuales la enterraron entre sacos de arena para protegerla de los bombardeos aéreos, o quizás para que no viera el horror sufrido por sus ciudadanos; o más tarde, ser una más en las manifestaciones contra la guerra o por las libertades, o en celebrar los triunfos futbolísticos del Real Madrid.

Además de los dos leones que llevan su carro, cuatro gigantes la custodian, símbolos de lo humano en torno a la diosa, los cuatro majestuosos edificios que dan forma a la plaza: el dinero, la nobleza y el ejército, la cultura y el gobierno de la ciudad. Al suroeste, el Banco de España, con sus bellos ornamentos y sus delicados ventanales; al noroeste, el Palacio de Buenavista, antigua residencia de los duques de Alba que hoy es el Cuartel General del Ejército; al noreste, el Palacio de Linares, tan repleto de rico patrimonio como de leyendas, hoy sede de la Casa de América; por último, al sureste, el espectacular Palacio de Comunicaciones, antigua sede de Correos y actual Ayuntamiento de Madrid, difícilmente comparable con nada y a cuya torre central se puede subir para disfrutar de las vistas. ¿Es para enamorarse de Madrid y la Cibeles o no?

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