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Granada

A cuestas con la belleza

Por la cuesta del Chapiz se sube al Albaicín y al Sacromonte. Por la de Gomérez, a la Alhambra. Colinas que son cumbres pintorescas de poesía urbana y arte andalusí, por las que los viajeros hormiguean arriba y abajo, un poco abrumados por tanto palacio, por tanto mocárabe, por tanto jardín, por tanta callejuela moruna, por tanto mirador, por tanta tapa buena…, La estancia tendría que durar cuatro días para verlo y probarlo todo. Un poeta andaluz formuló esta extraña plegaria: “¡Oh, Señor, que no haya tanta belleza!”. Pues algo así piensan quienes visitan Granada.


Primera mañana

Baños de historia

REDACCIÓN GUÍA REPSOL (@GuiaRepsol)

09.00 Poético despertar

Uno se enamora de Granada sin hacer nada, con sólo respirar su aire, así que es fácil imaginar el flechazo que se llevó Juan Ramón Jiménez cuando la visitó en el verano de 1924 acompañado por Lorca y Falla, nada menos. Ochenta veranos después, se inauguraba El Ladrón de Agua , un hotel májico (con jota, como le gustaba escribir al poeta) emplazado en una casona palaciega del siglo XVI, a orillas del Darro, donde todo nos recuerda a Juan Ramón, empezando por el nombre, que es el título de uno de los poemas de Olvidos de Granada. En el zaguán hay un mural de 21 metros pintado por el artista Pedro Garciarias, que evoca en imágenes y textos la poesía de aquel viaje cautivador. En la biblioteca, una colección casi completa de la obra de Juan Ramón, donada por su familia. Y, en el centro del patio renacentista, una fuente minimalista de mármol azul inspirada en el poético ladrón que “hace música al rorobar el agua”.

10.00 Carrera del Darro

Estemos donde estemos alojados, tenemos que subir por esta calle, la Carrera del Darro, para hacernos una idea de cómo era la Granada mora. Desde la Plaza Nueva, la calle asciende a la vera del Darro, afluente del Genil, encajada entre las laderas de la Alhambra y del Albaicín, con puentecillos a una mano y casonas a la otra, y sin sitio ni para una acera, que debemos andar en fila india y atentos al tráfico.  

Con la Alhambra siempre vigilante hay que prestar atención para no pasarnos de largo la Casa de Zafra. Austera por fuera al igual que venía siendo habitual en la época, sorprende su interior donde las estancias se reparten en dos plantas siempre con el patio y su alberca como protagonistas absolutas. Construida en el siglo XIV, fue cedida a Don Hernando de Zafra, secretario de Isabel La Católica tras la conquista de Granada. Tras diversas restauranciones durante el siglo XX, abre sus puertas para deleitarnos con esta joya de arquitectura nazarí y qeu sirve, además, como Centro de Interpretación del Albaicín.

Casa Zafra
Casa Zafra

11.30 Cuevas del Sacromonte 

Subiendo por la cuesta del Chapiz y doblando a la derecha por el camino del Sacromonte, accedemos al barrio de este nombre, caso sin parangón de poblamiento en cavernas en una gran ciudad del siglo XXI, si bien muchas de las cuevas, más que como casas, perviven como reclamo de aves de paso (es decir, turistas) que acuden de noche al sonido de las palmas, taconazos, cantos y guitarras de las zambras gitanas. El Museo Cuevas del Sacromonte . Y la placita de acceso a la Abadía del Sacromonte , un buen mirador que no tiene nada que envidiar a los del vecino Albaicín.

13.00 Miradores del Albaicín

Volvemos a la cuesta del Chapiz y la atravesamos para adentrarnos por la de San Agustín en el Albaicín, que es el barrio de más sabor de la ciudad, con sus callejuelas de aire moruno y sus cármenes, antiguas casas señoriales de origen árabe con patio y huerto. Karm, en árabe, es viña. Todos los letreros llevan al mirador de San Nicolás, donde siempre hay una guitarra y una voz gitanas que ponen el fondo musical a la más bella vista de Granada, la de la Alhambra. A medida que avanza el día, se va llenando y, al atardecer, casi hay que pedir la vez para mirar y ver cómo los últimos rayos de sol tiñen de rojo sus murallas y torres. Más arriba, hay otros lugares que ver y por donde pasear, como el callejón del Agua, la puerta Nueva, donde arranca el tramo mejor conservado de la muralla Zirí, o el mirador de San Cristóbal.

En el mirador de San Nicolás, siempre hay una guitarra y una voz gitanas que ponen el fondo musical a la más bella vista de Granada, la de la Alhambra

Primera tarde

En la cumbre del arte andalusí

14.00 Para comerse la Alhambra (con los ojos)

Cerca del mirador de San Nicolás, el restaurante El Agua ofrece parecidas vistas a la Alhambra y una llamativa variedad de ensaladas y fondues. De cocina tradicional, El Huerto de Juan Ranas y Mirador de Morayma son los restaurantes más acreditados en el barrio del Albaicín. Otro lugar recomendable es el bar Aliatar, que está en la plaza del mismo nombre, junto a la iglesia del Salvador; pero éste no lo es por sus vistas o por tener una larga lista de especialidades, sino por sus caracoles con caldito picante de almendras y guindillas.

Atardecer en Granada
Atardecer en Granada.

16.00 Subida a la cima del arte andalusí

Después de ver la Alhambra desde abajo, desde arriba y desde la mesa, lo que apetece, y lo que toca ya, es visitar los Palacios Nazaríes, la flor más bella de la arquitectura árabe en España, y el Generalife, el arte floral hecho palacio. A esta cumbre del arte andalusí ascendemos, desde la Plaza Nueva, por la cuesta de Gomérez (lugar idóneo para comprar artesanía de la buena: guitarras, castañuelas, taracea…). Hay varios tipos de visita (general, sólo jardines, nocturna, exclusiva…) y hay que reservar con bastante antelación, porque el aforo está limitado y toda la humanidad (de la que la Alhambra es patrimonio desde 1984) quiere venir. Poca gente veremos, en cambio, si al salir, en vez de bajar por donde subimos, rodeamos las murallas rojas por el norte y descendemos por la cuesta del Rey Chico al paseo de los Tristes. Tan felices de haber dado este paseo casi solos.

19.00 Compras, té y helado

Además de las artesanías que vimos en la cuesta de Gomérez, podemos comprar los mejores productos de la tierra (jamones de Trevélez, vinos de la Contraviesa…) en Al Sur de Granada y souvenirs morunos (kohl, darbukas, shishas, babuchas…) en el zoco de Calderería Nueva, también conocida como la calle de las Teterías por la cantidad de ellas que hay: en el número 4, Kasbah; en el 5, As-Sirat; en el 7, Alfaguara;en el 11, Dar Ziryab; en el 14, Nazarí. También es muy recomendable la del Bañuelo por sus vistas a la Alhambra. 

21.00 De tapas por la Plaza Nueva y calle Elvira

De hambre no se muere nadie en los alrededores de la Plaza Nueva, porque hay cien bares de tapas. La Trastienda es realmente una trastienda con buena bodega y tapas de embutidos. Casa Julio , un minúsculo y siempre abarrotado bar donde ponen rico pescaíto y excelentes y caserísimas croquetas. En Bodegas Castañeda, además de tapas, sirven tablas de quesos, fiambres y patés acompañadas de calicasas (una mezcla potente de varios vinos). Y en Babel World Fushion, tapas del mundo: kebab, rissotto, fajitas… En la misma calle, El Círculo y El Espejo mutan de bares de tapas a bares de copas.

Y si somos más de mesa y mantel y menos de barra y aglomeraciones, La Fábula se convierte en un remanso de paz tras este intenso día de turismo. Situado en el hotel Villa Oniria, Ismael Delgado da rienda suelta a su imaginación transformándola en platos equilibrados, elegantes y con la técnica precisa para mimar, siempre, la materia prima de primera calidad con la que trabaja.

22.00 Zambra o discoteca

Más de medio siglo lleva ofreciendo espectáculos de flamenco la Zambra de María la Canastera, la cueva más típica del Sacromonte y la mejor aislada, porque está forrada de fotos de famosos que han recalado en ella. Gente de Granada aquí, viene poca. Para confraternizar con los locales, mejor ir al club Bellagio, en la calle Neptuno.

Segunda mañana

Ciencia y poesía

10.00 Parque de las Ciencias: mirador al futuro

Cambio de tercio radical. De las colinas milenarias del Albaicín y la Alhambra, que recorrimos ayer, al Parque de las Ciencias, un museo interactivo de 70.000 metros dedicado a divulgar los avances científicos y tecnológicos. Entre otras muchas cosas, hay un mariposario tropical, un planetario con 110 proyectores que reproducen más de 7.000 estrellas y una sala llena de todas las trampas visuales imaginables. También tiene el lugar su pizca de tradición: un espacio dedicado a la ciencia en al-Ándalus. Y su mirador para competir con los de la vieja Granada: una torre de observación de 50 metros desde la que se hace una bonita foto de la ciudad, con Sierra Nevada al fondo.

12.00 Recuerdos de Lorca

A un kilómetro justo al norte del Parque de las Ciencias (12 minutos a pie, por la calle Eudoxia Piriz), se halla la Huerta de San Vicente, la casa campestre elegida por la familia García Lorca para pasar los calores del estío, donde el poeta escribió Yerma y Bodas de sangre y donde vivió los funestos días del verano de 1936 previos a su detención y posterior asesinato. Ahora la casa está en mitad de un parque urbano, pero el interior se conserva prácticamente igual que en tiempos de Lorca, con los muebles que allí quedaron y otros muchos enseres y documentos aportados por la familia del poeta.

13.30 La Alcaicería y Bib-Rambla

Desde el parque García Lorca, que es donde se encuentra la antigua Huerta de San Vicente, hasta nuestro siguiente destino, la catedral, hay 20 minutos a pie. Se puede ir en autobús, cogiendo la línea 6 en la calle Neptuno. Pero tampoco hay prisa, porque la catedral cierra a las 13.15 y no abre hasta las 16.00. De modo que tenemos tiempo de sobra para acercarnos, dar una vuelta por los alrededores del templo y comer. Al ladito de la catedral queda la Alcaicería, un puñado de callejuelas que antaño fue zoco o mercado de la seda, y hoy lo es de recuerdos para turistas, con tiendas donde se vende la popular loza de Fajalauza, la incrustación de madera o taracea y las farolas de cristal coloreado. También está ahí mismo la plaza Bib-Rambla, donde los moros hacían sus fiestas, los cristianos corrían toros, Cisneros quemaba libros y hoy se venden flores, aunque el perfume que se huele a esta hora no es de rosas sino de tapas.

Segunda tarde

Visita a los Reyes Católicos

14.00 Tapeando junto a la catedral

Alrededor de la plaza Bib-Rambla abundan los bares, todos buenos para tapear. Uno de los favoritos de los granadinos es Oliver, en la vecina plaza Pescadería. Al lado, Cunini sirve tapas y raciones de marisco fresquísimo. En la plaza Romanilla, a la sombra de la catedral, hay una gran variedad de locales clásicos y modernos. Entre los últimos destaca por su calidad y su generosidad Ojo Meridional, en cuyas tapas hay una mezcla étnica y cultural muy afín con la historia de la ciudad. 

Si en lugar de salir de Bib-Rambla por el norte, lo hacemos por el sur, buscando la calle Reyes Católicos, en el número 13 de esta vía descubriremos La Cueva de 1900: jamón y embutidos granadinos, para comer in situ o para llevar en bocata y guisos típicos. Cruzando la plaza del Carmen, en el número 28 de la calle Navas, está el bar Los Diamantes, cuyo pescado frito es inmejorable. Otra gran referencia es La Tana, auténtica taberna andaluza con tapas y raciones de calidad (calabaza frita, jamón, morcilla picante, paté casero…) y 400 referencias de vinos. En el 11 de la calle Rosario, la prolongación de Navas.

16.00 La última morada de Isabel y Fernando

Diego de Siloé, el gran arquitecto del Renacimiento andaluz, hizo su mejor obra (de estilo renacentista, lógicamente) en la catedral de la Anunciación. Pero todo, todo, no lo hizo Siloé: hubo otros que colaboraron. Antes había trabajado Enrique Egas, que dibujó un templo gótico, y después, ya en el siglo XVII, Alonso Cano, que se ocupó de la fachada. La idea de los Reyes Católicos era crear un mausoleo que, siglos después, hablara claro (claro como el mármol de Carrara) de su importante papel en la historia de Occidente. La capilla mayor del templo finalmente fue sustituida para este cometido por la Capilla Real, la última iglesia de España levantada en estilo gótico florido, donde además de Isabel y Fernando, yacen los cuerpos de Juana la Loca y de Felipe el Hermoso, excepto el corazón de este que, como es fama, dispuso antes de morir que se enviara a Bruselas.

18.00 Monasterio de la Cartuja

En la Gran Vía de Colón, muy cerca de la catedral, se cogen los autobuses 8 y C, que nos llevan al monasterio de la Cartuja, la más imponente construcción religiosa de la ciudad después de aquella. Aunque poco queda del monasterio original, el que se levantó en el siglo XVI por iniciativa de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, para dar gracias al cielo por sus muchas victorias, las construcciones posteriores tienen, según los que entienden, mucho mérito, sobre todo la iglesia, el Sancta Sanctorum y la Sacristía, considerada como una de las obras cumbres del barroco final español.

En invierno, como el monasterio cierra a las 18.00, es mejor programar la visita por la mañana y, como alternativa, quedarse en el centro a merendar. Si queremos una merienda clásica con un amplio y delicioso surtido de pasteles, iremos a Puerta Bernina. Para tomar un chocolate con churros, el lugar indicado es, desde 1922, el Café Fútbol. Y en Casa Isla, además de los auténticos Piononos de Santa Fe, podemos comprar unas pastas moriscas para llevar a casa, que nuestra estancia en Granada ya está tocando a su fin.

20.00 Baño y masaje antes de cenar

Antes de cenar en cualquiera de los lugares a los que no se pudo ir ayer o a mediodía, apetece relajarse en un spa. En Granada hay tres que fingen ser baños árabes, con arcos de herradura, farolillos morunos y tratamientos de títulos extravagantes: Al-Zahráwi piernas cansadas, masaje con guante kessa y jabón de uva roja… A saber: Hammam Al ÁndalusAljibe de San Miguel; y Baños de Elvira.

22.00 Despedirse a lo grande

Una última cena para hacer balance de toda la grandeza de la ciudad (que no es fácil de resumir estos dos días) merece hacerse en el restaurante El Claustro, del hotel AC Palacio de Santa Paula. Con los productos de temporada y kilómetro 0 de los que hace gala Juan Andrés Morilla, volveremos a saborear Granada en platos sorprendentes como el ravioli de rabo de ternera pajuna (raza autóctona de Sierra Nevada) o su choto al ajillo, servido encima de un mosaico realizado en el momneto y para el que Morilla utiliza hueso de aceituna en polvo. Una versión andaluzaa de la receta del cordero mozárabe pero utilizando choto y combinado a la perfección con mermelada de ciruela y orejones. No nos hace falta más para saber que es el broche perfecto a 48 horas en la capital nazarí.


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Fecha de actualización: 3 de noviembre de 2016

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