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El agua es cristalina. Al reflejo de la luz ofrece un abanico de azules que viaja del turquesa al marino, puro contraste con el intenso verde de los pinares que la rodean. La orilla es una alfombra de pequeñas piedrecitas, chinos que les llaman en Málaga. Y, dentro del mar, la vida bulle: hay que echar las gafas de buceo para disfrutar los llamativos colores del pez golondrina, la incansable búsqueda de alimento de los salmonetes o los nutridos bancos de salemas.
La playa de El Cañuelo es la última de una sucesión de pequeñas calas a los pies de los acantilados de Maro, en Nerja, en el extremo este de la provincia malagueña. Declarado paraje natural, alberga algunos de los rincones más asombrosos de toda la Costa del Sol. Eso sí, hay que ir bien preparados, porque la mayoría exige caminatas por senderos con una importante pendiente. Y el intenso calor no ayuda al paseo.
Con sus casitas, sus callejuelas tranquilas y una iglesia rodeada de flores, Maro es una de esas localidades blancas que remiten sin duda a Andalucía. Esta, además, tiene la singularidad de su cercanía al mar, que llena su vida de aroma a salitre. La cafetería El Balcón de Maro es un buen lugar para arrancar la jornada con un pitufo —pequeño bollo de pan típico de Málaga— con tomate y aceite. Tiene una terraza protegida del sol por pérgolas con vegetación y ofrece amplias vistas a todo el entorno bien conservado. Son 384 hectáreas terrestres y 1.529 bajo el mar, donde hay amplias praderas de posidonia, las que están amparadas bajo la protección de la Junta de Andalucía, que también proclamó esta área Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y Zona Especial de Conservación.
Justo bajo las mesas del restaurante se ubica un aparcamiento público para dejar el coche (2 euros el día) y bajar, caminando, a la calita más cercana al casco urbano. Parte desde el antiguo ingenio, que funcionó desde el siglo XVI al XIX y recuerda la importancia que aquí tuvo el cultivo de caña de azúcar, como el Acueducto del Águila, que servía para surtir a otra fábrica azucarera local y tiene 100 metros de ancho y 52 de alto. Hoy sin estas plantaciones, los alrededores están repletos de aguacates e invernaderos, como los que acompañan hasta la playa conocida como La Caleta.
Tiene agua especialmente clara y su estampa sonará a quienes hayan visto la mítica serie Verano Azul, puesto que es uno de sus escenarios protagonistas. A un paso de allí se ubica la sorprendente cascada de Maro, un salto de 15 metros de altura que deja imágenes de aspecto tropical en pleno secarral. La única forma de acercarse es mediante tabla de pádel surf o kayak, medio que distintas empresas de turismo activo alquilan desde aquí, pero también las playas de Burriana, ya en Nerja, o El Playazo. Desde allí hay también compañías que ofrecen rutas costeras alternativas como la que llega al hundido Barco del Arroz”, como cuentan desde Kayak Maro.
Para descubrir el resto de calas cercanas hay que subir de nuevo al vehículo y tomar la pequeña carretera que bordea los acantilados —con caídas de hasta 75 metros— en dirección a La Herradura, ya en Granada. La primera en aparecer es la playa del Molino de Papel, denominada así porque allí se encuentran las ruinas de una fábrica de este material, que estaba impulsado por el río Miel. Hoy es uno de los pocos arroyos que mantiene aguas durante todo el año y en sus márgenes es fácil encontrar a una singular libélula de color negro y matices verdes metalizados, llamada Calopteryx virgo y cuya presencia es indicadora de la buena calidad ambiental del entorno.
El río desemboca en esta calita junto al arroyo de los Colmenarejos, generando la fusión de agua dulce y agua salada. La mayor parte de la zona, eso sí, es puro canto rodado, lo que dificultad echar la toalla o darse un chapuzón. A cambio, bajo el mar hay multitud de especies marinas. Las ruinas de un viejo torreón era uno de los atractivos a sus alrededores, pero el temporal del pasado invierno acabó con lo poco que quedaba de él.
Más adelante se encuentra la playa de Las Alberquillas y la cala de la Torre del Pino. En ambos casos hay que dejar el coche aparcado en los espacios habilitados para ello junto a la carretera —algunos en obras este verano de 2026— y, después, bajar por estrechos senderos. No son complicados de transitar, pero tampoco sencillos: merece la pena calzarse unas buenas zapatillas para evitar resbalones, más aún para quienes caminen con sombrilla o nevera.
La segunda llama mucho la atención porque en su parte más oriental existe una frondosa arboleda y, en su corazón, una vieja torre vigía que da nombre al lugar. Es parte de una red de lugares de vigilancia. Fue levantada originalmente en el siglo XVI —como las tres más que hay en sus alrededores— para prevenir ataques de la piratería berberisca, aunque luego se vino abajo y fue reconstruida en el XVIII. “La cercanía de puertos importantes como el de Orán”, cuentan los investigadores Jonathan Ruiz, Andrés Sarriá y Luis José García, motivó que “las costas de Almería, Granada y Málaga fuesen las más castigadas por las acciones piráticas”, señalan en el catálogo de su trabajo sobre las construcciones defensivas en el litoral malagueño.
El edificio se ubica en el interior de una finca, donde unas escaleras directas bajan hacia otra minúscula playa. Se le conoce como la Cala del Italiano y, ya que el acceso por tierra es propiedad privada, a ella solo se puede llegar por mar. Por eso es habitual ver pequeñas embarcaciones fondeadas en sus cercanías. También es un destino habitual para quienes recorren el entorno con tablas de pádel surf o kayak como los que se pueden alquilar en el último tramo costero de este recorrido, la playa de El Cañuelo.
Es una de las más espectaculares de toda la Costa del Sol. También la única del entorno con camino de acceso, pero el paso está prohibido. La bajada se realiza en un autobús público (2,60 ida y vuelta) que realiza el viaje cada 15 minutos. El vehículo circula por una estrecha carretera entre baches y curvas, convirtiendo su interior en una atracción de feria. La playa es larga, de chinos que arden con el sol. Flanqueada por dos viejas torres vigía y la densa presencia de matorral mediterráneo —lentisco, jara, romero o el hinojo, marino, un endemismo— donde se esconde el camaleón. También, casi invisibles, las chicharras dan fe del calor veraniego, que al menos aquí se contrarresta con un buen baño. Dos chiringuitos, El Paraíso del Cañuelo y Las Piedras ponen la comida. Y, para quienes sean previsores y quieran disfrutar de este rincón durante varios días, hay dos casas rurales —El Velero y El Delfín— disponibles para alquilar en grupo. Soñar es fácil en Maro.
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