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Salineros trabajando en la extracción de la sal.

Descubriendo las salinas de San Juan, en Saelices de la Sal (Guadalajara)

Huele a mar viejo en el altiplano de Castilla

Actualizado: 24/08/2026

Fotografía: Miguel Cuesta

A más de 200 km del mar más cercano, en el Parque Natural del Alto Tajo se extrae un agua mucho más salada que la del Mediterráneo. Luego, unas balsas de evaporación que parecen la paleta de un pintor consiguen “oro blanco” desde al menos el siglo XIII. La tradición perdura de manera artesanal, muy a pesar de lo que cuesta encontrar mano de obra en el mundo rural. Visitar las salinas y comprar flor de sal de Saelices de la Sal puede ayudar a conservar población y un patrimonio fascinante.
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Huele a mar en algunos puntos del altiplano de Castilla. A un mar muy viejo que existió durante el Triásico Superior, hace unos 200 millones de años. Por eso, a tan sólo seis metros de profundidad, se encuentra un agua que concentra seis veces más sal que la del Atlántico o el Mediterráneo. Al extraerla y desparramarla por cocederos, se crea un pequeño ecosistema donde crece la salicornia, vive la famosa artemia salina y proliferan microalgas que imprimen un color rosado a las balsas de agua, cada vez más intenso, hasta que la cantidad de sal impide su vida y el cocedero se convierte en una costra de un blanco impoluto.

La sal se extrae durante los meses de más calor, sobre todo julio y agosto.
La sal se extrae durante los meses de más calor, sobre todo julio y agosto.

Aquí, durante el verano, a casi mil metros de altitud, las condiciones son perfectas para la extracción de flor de sal. De hecho, son mucho mejores que en la costa, con estíos muy secos y una fuerte oscilación térmica entre el día y la noche. Este año se encargan de recogerla dos recién llegados al pueblo de origen peruano. Nunca habían trabajado como salineros, pero los instruye personal del ayuntamiento y de la fundación Funader, héroes de la conservación de esta joya patrimonial, que se las ven y se las desean para encontrar a quien venga a perpetuar este oficio ancestral en una de las zonas más castigadas por la despoblación del medio rural.

Tradicionalmente, los pozos salineros incluían una construcción octogonal que protegía la noria impulsada por un burro.
Tradicionalmente, los pozos salineros incluían una construcción octogonal que protegía la noria impulsada por un burro.

Visitas para niños grandes y pequeños

Los nuevos salineros de Saelices son vecinos de Lola Silva, encargada de abrirnos las puertas de este complejo que se puede visitar, previa reserva, a través de su empresa de turismo CosmoGuada, especializada en astroturismo, pero que también ofrece actividades como la de las salinas u otras relacionadas con la lavanda o con el proyecto que Rewilding Spain lleva a cabo en la vecina Manzanete. Ella también llegó desde Madrid, aunque hace ya más de una década. Durante estos años le ha dado tiempo a enamorarse de esta tierra y a estudiarse al dedillo los entresijos de las salinas y las propiedades de la sal.

Al cristalizar, la sal forma una especie de flores o pirámides.
Al cristalizar, la sal forma una especie de flores o pirámides.

Hace unos cuantos veranos, Lola también trabajó de salinera. Cuenta que, para su sorpresa, durante aquel par de meses se le curaron unos eczemas que tenía en las manos. Desde entonces se quedó fascinada con el producto que sustenta la economía de este pequeño pueblo de unos 40 habitantes. “La necesitamos para vivir. El sodio mantiene un equilibrio hídrico en las células y permite que el cerebro funcione bien”, explica reivindicando sus propiedades por encima de su uso industrial o para la conservación de los alimentos, y añadiendo que hay incluso quien recomienda los baños de sal para eliminar toxinas.

Interior del pozo, donde se ha reconstruido el sistema tradicional de extracción con una noria de tracción animal.
Interior del pozo, donde se ha reconstruido el sistema tradicional de extracción con una noria de tracción animal.

Lola tiene un alma curiosa, de niña, y quizá por eso sus visitas gustan tanto a las familias con niños, ya que pueden ver, oler y tocar. Le fascina ver cómo la sal cristaliza formando cubos que crecen por cinco de sus seis caras, creando una especie de pirámides. También le encantan los viejos tablones centenarios de madera de sabina que, poco a poco, ha ido corroyendo la sal y de los que apenas sobreviven los nudos, sus partes más duras. Señala que también es de madera de sabina el tapón con el que bloquean, todavía a martillazos, quizá como en el siglo XIII, la compuerta de la balsa donde se almacena el agua que extraen del pozo.

Antiguos tablones de madera de sabina albar corroídos por la sal.
Antiguos tablones de madera de sabina albar corroídos por la sal.

A Lola le encanta la noria del pozo, que restauraron hace unos años. Se puede mover dándole un buen empujón, como hacían antes los burros. Y haciéndolo aprovecha para incidir en el carácter “interactivo” de la visita, aunque hay una cosa intocable: “¡No me pises la salicornia!”, nos grita cuando nos acercamos a una zona en la que han conseguido que prosperen estas peculiares plantas que han traído de unas salinas del entorno de Palazuelos. “La llaman el espárrago de mar, porque la gente se comía estos tallos tan gorditos”, y se tiene que reprimir las ganas de comerse uno, que asegura que es salado, crujiente y sabroso.

Detalle de una balsa seca: todas tienen un pequeño hoyo que sirve para su limpieza una vez extraída la sal.
Detalle de una balsa seca: todas tienen un pequeño hoyo que sirve para su limpieza una vez extraída la sal.

El uso como salvavidas

Las salinas de interior son un placer algo oculto, reservado a visitantes con cierta dosis de paciencia. Desde principios del siglo XX, la extracción de sal es un asunto que ha quedado relegado casi en exclusiva a la costa, pero no hace tanto tiempo que Guadalajara suministraba este producto tan preciado a buena parte del interior de la península. Se cree que los pozos ya los explotaron celtíberos, romanos y andalusíes, aunque la primera constancia documental de su uso es del año 1203. Desde entonces, las salinas se han explotado casi ininterrumpidamente, aunque durante un par de décadas recientes casi se las come el olvido.

Las salinas de San Juan se encuentran dentro del Parque Natural del Alto Tajo de Guadalajara.
Las salinas de San Juan se encuentran dentro del Parque Natural del Alto Tajo de Guadalajara.

Lo que vemos es un ejemplo soberbio de patrimonio industrial del siglo XVIII, es decir, del periodo de esplendor de la explotación. Su auge había comenzado allá por el año 1564, cuando las salinas se incorporaron al estanco de la sal, el monopolio de la Corona, a través del Partido Salinero de Atienza. Luego, en 1870, se suprimió el monopolio y pasaron a ser una explotación privada que funcionó hasta el año 1981, cuando quedaron abandonadas. Afortunadamente, la fundación Funader adquirió las instalaciones en el año 2003 y comenzó su restauración. En 2007 se declararon Bien de Interés Cultural, en 2011 se reanudó la extracción artesanal de la sal y en 2025 el proyecto consiguió la Medalla al Mérito Cultural de Castilla-La Mancha.

La visita termina en el alfolí o almacén de sal, donde Lola Silva nos muestra en detalle cómo cristaliza la sal.
La visita termina en el alfolí o almacén de sal, donde Lola Silva nos muestra en detalle cómo cristaliza la sal.

“El objetivo era mantener las salinas vivas, porque era una de las pocas cosas que podía mantener cierta actividad en el pueblo”, cuenta uno de los miembros fundadores de Funader, que prefiere mantenerse en el anonimato. “Nunca pensamos que la sal tuviera un rendimiento económico importante para poder trabajar únicamente con ella. Pero, al final, la flor de sal sí que tiene una salida y es una forma también de financiarnos”. Hablamos en la ermita del Carmen, o del Saladero, un templo neoclasicista que, como los pozos, tiene planta elipsoidal, y que este verano revive como flamante centro de interpretación de este parque natural.

“Normalmente, empezamos en abril a limpiar y llenar los recocederos y a sacar agua del pozo, y luego ya la pura extracción es a partir de junio, según venga el tiempo, pero este año nos hemos retrasado porque no encontrábamos salineros”, se lamentan en la fundación. Ya de camino al coche, Lola confiesa que CosmoGuada nació precisamente de su negativa a abandonar la tierra que tan bien la había acogido: “Es que no me quiero mover de casa, ¡leche!”.

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