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El paisaje árido de Fuerteventura recuerda mucho a Mauritania, como no se cansa de repetir el fotógrafo que conoce muy bien esas tierras del Sahara. Una estampa pétrea, teñida de diferentes tonalidades por los líquenes adosados a la roca volcánica, que se transforma en un mar de dunas de fina arena blanca en el sur. En la isla majorera se han encontrado los materiales geológicos más antiguos del archipiélago, el origen de las Canarias, en las conocidas como cuevas de Ajuy, pero nuestra excursión precisamente consistirá en el ascenso a uno de los volcanes más jóvenes, de la época del Pleistoceno superior, con apenas unos 50.000 años.
El volcán Calderón Hondo está ubicado en el pueblo de Lajares (municipio de La Oliva), uno de los rincones más hípster de Fuerteventura, pues concentra un gran número de nacionalidades distintas entre su vecindario, artesanos -muy interesante su mercado de los sábados- y una comunidad surfera importante, y eso que no tiene playa. Nos topamos con su silueta, que se funde con la vecina Montaña Colorada, al coger la carretera que conduce hacia la playa de Majanicho. Forma parte de la alineación volcánica de Bayuyo, una cadena de más de cinco kilómetros de volcanes y lava que corresponde a las últimas erupciones que esculpieron el norte de la isla, un extenso malpaís que incluye las playas de El Cotillo, Corralejo o la espectacular Isla de Lobos.
Antes de nada, no hay que olvidarse de llevar agua, protector solar, gorra y calzado cómodo (nada de sandalias de playa). Hay dos formas de ascender al cráter del volcán, uno de los mejor conservados de Fuerteventura. La más rápida es desde la cara norte, en el parking identificado como Camino Calderas -apenas 15 minutos hasta la cima-. Nosotros proponemos hacer la ruta desde el aparcamiento situado en la cara sur, justo a la salida de Lajares dirección Majanicho, que nos llevará aproximadamente una hora de ida y otra de vuelta, en una subida de 5 kilómetros apta para toda la familia.
En este mismo punto de partida arranca el paseo en camello (aunque habría que decir mejor dromedario, al contar con una sola joroba) de Camel Rides Lajares. Hoy le toca a Nicolas hacer de guía -su socio es Jesús-, un alemán cuyo padre tenía casa aquí desde que él era pequeño. “Yo me enamoré de la isla como le ocurrió a él. Además, nuestro vecino tenía una camella, de nombre Sandra, y desde entonces también soy un apasionado de estos animales”, nos cuenta mientras va dando instrucciones de cómo subirse con seguridad y sin miedo a Tirba, Guasimara, Najara, Pajarita y el macho castrado Cassius, “todos con nombres muy canarios”, apunta.
El sendero rocoso del inicio nos permite contemplar un paisaje donde sentirnos astronautas en la Luna o ese vehículo robotizado que recorre la superficie de Marte. Un entorno pétreo, uno imaginaría que inerte -aunque está salpicado por líquenes y ejemplares aislados de veroles, matabruscas y espinos-. Lo que sí es fácil de ver son las perdices morunas correteando y las ardillas, que nos acompañarán todo el trayecto. Por cierto, que aunque muy simpáticas con sus acrobacias y su cercanía a los seres humanos, se recomienda no alimentarlas, pues se han convertido en una especie invasora; hay cientos de miles en toda la isla, que afecta al equilibrio natural.
La primera elevación que vemos en el camino es Montaña Colorada, con forma de media luna y una altura de unos 291 metros. Apoyada sobre uno de sus costados, medio escondida a primera vista, está Calderón Hondo, un pelín más bajito (278 metros) y una morfología tronco-cónica. Durante una época, a los pies de ambas elevaciones se extraía el picón y las arenas para las construcciones, y todavía quedan restos de las antiguas canteras. El camino nos va conduciendo dirección a los ‘hermanos mayores’ de la Alineación de Bayuyo: Caldera Rebanada, Encantada, Montaña San Rafael, Montañeta de Morro Francisco o Bayuyo, cuya erupción se data en 135.000 años y que nos tapa la visión de Isla de Lobos [el compañero Miguel Cuesta propuso una apetecible ruta volcánica por la isla en este reportaje].
Ya en la cara norte del volcán visitamos los restos de un refugio de pastores, construido con la piedra volcánica y que servía también como corral para el ganado de cabra majorera y cuyos techos, ya desaparecidos, se confeccionaban con madera y torta -una mezcla de agua, paja y tierra- según nos explica un paisano. La subida al cráter, de planta circular, se hace por unas escaleras esculpidas en la roca, y el único tramo donde los gemelos y glúteos van a sentir un poco de esfuerzo. Arriba se observan los tonos rojizos del interior, con una profundidad de 70 metros, y es el lugar ideal para tomarse un selfie y contemplar la panorámica, con las playas de dunas de El Cotillo y Corralejo, a izquierda y derecha, y al fondo la vecina Lanzarote, separada por el estrecho de La Bocaina y seguramente unida a Fuerteventura durante la era glaciar, según los geólogos.
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