Tomate antiguo de Abanillas (Val de San Vicente): 'Granja-Tienda Tierra Mojada'

Los feos más sabrosos de Cantabria

El fruto de una huerta con historia.
El fruto de una huerta con historia.

El tomate antiguo, el más feo y arrugado que nadie quería en las fruterías ni en los restaurantes, triunfa. Como tantas otras cosas en la nueva era, las semillas de los paisanos, artesanía pura de manos de agricultores que no concebían -o no tenían- para sulfatar con química y pesticidas, camina despacito entre los entendidos. Es lo que sucede con el tomate de Abanillas -uno de los más antiguos- o el de Pesués, supervivientes gracias al amor y al trabajo de los paisanos del Val de San Vicente (Cantabria) y de otras comarcas de la Montaña.

“El tomate de Abanillas era el que plantaba mi abuelo, aquí, en Abanillas. Y luego mi padre. Desde los ocho años estuve con él, al pie de esta huerta. A los 14 le ayudaba. Me apasiona la agricultura, aunque veo y compruebo cada día lo que es trabajar de ocho de la mañana a ocho de la tarde”. Diego González Roiz produce el tomate que ganó la II Feria del Tomate Antiguo, que se celebra en Santa Cruz de Bezana (Cantabria) cada final de agosto. Este año, en el III encuentro del Tomate Antiguo, el premio se lo ha llevado Potes, con el tomate de Juan Carlos Martínez González y el plantón procedente de Abanillas.

Lástima que las fotos no puedan transmitir el aroma de las tomateras.
Lástima que las fotos no puedan transmitir el aroma de las tomateras.

Los abuelos de Diego, Ernestina y Carlos, tenían una huerta enfrente de su casa de Abanillas (Val de San Vicente) donde plantaron las semillas que les pasaría algún vecino, aunque por fuera ese tomate no podía ser menos comercial. Por feo. Así lo recuerda su padre, Carlos González, un marino que terminó de hortelano y estudioso de las verduras, en la misma tierra que sus padres habían cavado con la azada y peleado contra las plagas de hongos durante décadas y décadas. Ahora, las semillas que llegaron hace más de medio siglo se han puesto en el mapa de la horticultura ecológica, después de que Diego se lanzará de lleno a poner en marcha 'Eco-Tierra Mojada', la empresa familiar que pilotan él y su mujer, Rocío López. 

La tienda y su entorno bien valen más de una visita.
La tienda y su entorno bien valen más de una visita.

'Eco-Tierra Mojada' está en Maoño, cerca de Bezana, y desde allí suministran a los cocineros con sol y estrellas de la provincia y alrededores. “Creo que las semillas del tomate de Abanillas proceden de la ribera del Ebro, quizá de algún lugar de Cataluña, tendrán más de cincuenta años. Pero el más antiguo de los que tenemos aquí -Val de San Vicente- es el de Pesués. Es el que se ha sembrado en toda la vega durante décadas. Tiene más de un siglo y lo trajo un valenciano”, apunta el joven hortelano. 

En la huerta de Maoño además de tomates, hay guistantes lágrimas y pimientos.
En la huerta de Maoño además de tomates, hay guistantes lágrimas y pimientos.

Ese tomate -una pieza llega a veces a pesar 800 gramos o un kilo y la mata no produce más que dos o tres kilos a lo sumo- no resulta rentable: “Nosotros tenemos las semillas antiguas por tradición, por amor a la calidad y el pasado”. No utilizan sulfatos, ni está bajo invernaderos –“todo son métodos tradicionales y ecológicos certificados”, comentan Carlos y Diego-, lo que ha convertido a la fruta en un objeto de deseo y admiración. Es otro tipo de artesanía que hasta ahora se ha valorado bien poco.

Los tomates de Diego son de los primeros en acabarse.
Los tomates de Diego son de los primeros en acabarse.

Es final de agosto y uno de los escasos días que el verano ha dado con sol -nieblas y humedad han sido la tónica en el Cantábrico- y en Abanillas, en la huerta de Carlos y Diego, origen de todo, cae a plomo a mediodía. El hijo coge una de las matas y examina el inicio del ataque de uno de los hongos malditos, la botritis. Y recuerda cómo los franceses han convertido hasta ese defecto en un activo para algunas de las piezas. “Ha sido un verano malo. Todo Val de San Vicente es una comarca fértil para tomates y pimientos -para verduras en general- por el clima de la cornisa cantábrica. Los tomates maduran con calma y son mucho más sabrosos, sin piel prácticamente. La variación térmica influye en ese sabor”. Este año, los hortelanos de la zona andan enfadados con las abundantes nieblas.

Las plagas de hongos pocas veces acaban por dañar el fruto.
Las plagas de hongos pocas veces acaban por dañar el fruto.

Huelen las tomateras de Abanillas, resultado de estas semillas que se han ido pasando de paisano a paisano. Ha llovido mucho desde que las primeras llegaron a la península desde México, en los barcos de los conquistadores y tardaron en llegar aquí, a finales del siglo XIX. Pero una vez que se comprobó que esta tierra es un buen sitio para la fruta roja, el trabajo nunca ha cesado. Como con la alubia y los pimientos. En Val de San Vicente, la alubia se merece otro capítulo aparte.

La huerta es pequeña.
La huerta es pequeña.

Esta tierra de emigrantes a Latinoamérica ha sabido cuidar siempre de los tesoros menos apreciados que llegaron del otro lado del Océano: ya fueran tomates o patatas Ahora, en los tiempos de la pospandemia, lo pequeño es grande y lo feo, hermoso. O quizá es que nunca fue feo, quizá fue la ignorancia del mundo urbano la que no apreciaba -ni aprecia aún del todo- lo que es un buen producto de un hortelano cuidadoso y trabajador. 

Muy pocos de estos llegan al público.
Muy pocos de estos llegan al público.

Como sigue Diego bromeando, “hacemos verduras feas para gente guapa”. Porque en Maoño, a 56 kilómetros de Abanillas, además de los tomates -por supuesto, los F-1, los híbridos de dos variedades con alguna característica especial- están los guisantes lágrima, los pimientos y demás verduras de temporada que se ofrecen al público en la tienda. Cuando llegan, porque muy a menudo con los cocineros más cualificados quienes se los quitan de las manos.

Quedan cuatro o cinco días para que los “arrugaos” luzcan lujosamente.
Quedan cuatro o cinco días para que los “arrugaos” luzcan lujosamente.

Para quien tiene niños, las visitas guiadas a la hectárea que cubre 'Eco-Tierra Mojada' se han convertido en otro de los activos del lugar, conscientes tanto Diego como Rocío de lo que influyeron en su infancia las huertas familiares.

“Sí, pero te fuiste a Maoño”, le murmura Carlos a su hijo. “Claro, aquí nunca hemos sido ricos y no teníamos terreno suficiente para hacer lo que nos gusta a mejor escala. Tenías que haber sido un latifundista”, bromea el hijo, mientras sale de entre los surcos donde crecen las tomateras y los pimientos, esos que no son rentables, pero conservan la tradición del tomate feo, rugoso, maravilloso. Donde alguna de las matas muestra los motivos de irritación del verano entre el paisano de la zona, la botritis, el hongo que los franceses ya se curran, pero que aquí aún falta. 

Una vez se conoce su historia, no parecen tan feos.
Una vez se conoce su historia, no parecen tan feos.

De las 10.000 toneladas que cultiva Diego, solo unas 500 son del tomate antiguo de Abanillas, así es que solo unos pocos -muy pocos, los madrugadores- llegarán al puesto de su empresa en la III Feria del Tomate Antiguo de Cantabria . Sus padres, Carlos y Maricarmen no se pierden una desde hace años.

Carlos y Maricarmen, padres de Diego, venden también sus famosos pimientos.
Carlos y Maricarmen, padres de Diego, venden también sus famosos pimientos.

Eso sí, el reconocimiento al trabajo de los paisanos del Val de San Vicente y otras comarcas cántabras -empezando por Pesués- está en marcha. “Estamos trabajando con el Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) para revertir esa pequeña proporción de tomate y nos centramos en las variedades del antiguo que más rendimiento dan: Molledo, Rosa de Liaño, Luey, Guriezo, Pesués y Abanillas”. Sí, tres pertenecen a esta comarca de Val de San Vicente, 14 pueblos que hacen frontera con Asturias y que guardan tesoros aún por explorar.