Fitero está en un punto geográfico que fue decisivo durante mucho tiempo: era frontera nada menos que de tres reinos, porque aquí estaba el límite de las Coronas de Castilla, Navarra y Aragón. Sin embargo, su relevancia viene de mucho antes, de tiempos de los romanos, que encontraron en las aguas termales de esta zona un lugar perfecto para construir unos baños públicos, que serían también admirados por los musulmanes. Los cristianos tomaron estas tierras y edificaron aquí el colosal monasterio de Santa María la Real, que trajo mucha prosperidad a la zona. Siglos más tarde, la belleza de este lugar y lo beneficioso de sus aguas siguen inquebrantables, tanto, que incluso el poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer pasó aquí largas temporadas para escribir y reponerse de su mal de amores. Don Gustavo: si Fitero no se lo cura, poco más se puede hacer.

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