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Funes

A vista de águila

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A siete kilómetros de la villa, se podía escuchar al aire cantar. Casi a cuatrocientos metros del suelo, la naturaleza había creado un barranco mordido por el agua desde el que divisar con claridad Bardenas Reales, Villafranca, Marcilla e incluso las nevadas cumbres de los Pirineos. Solitario e indiferente al asfalto, ahí estaba El Barranco de Peñalen. Él era (y es) los ojos de la villa, la mirada de halcón de Funes. Tan solo unos pocos kilómetros le separaban en un paseo - a pie, en bici o incluso en coche- de ella.  Una bella localidad, en la que la naturaleza y el patrimonio juegan al despiste mientras tres ríos importantes marcan el paso de la villa - el Ebro, el Arga y el Aragón -. Las iglesias que se esparcen, les ocultan a ellos su amor por la piedra y el pasado. De hecho, la grandiosa Iglesia de Santiago había alzado una torre para emular la altura del barranco de Peñalen, aunque al final solo había conseguido ser el símbolo inequívoco del patrimonio de la localidad. Mientras que la ermita del Calvario había intentado disimularse entre palmeras, con los tonos amarillos y ocres de sus muros, más propios de la Naturaleza que de una iglesia. Ambas son importantes monumentos de la villa y aun así seguían sintiendo envidia de la riqueza natural que los ríos conformaban en esta parte de la Ribera Arga-Aragón. Debió ser por ellos por lo que también los romanos quisieron dejar algo que compitiera en belleza con la vegetación: restos y vestigios de la época imperial. Un conjunto de enterramientos, de domus y asentamientos,  que demuestran la antigüedad de la historia del municipio. Una en la que patrimonio y Naturaleza aún compiten para erigirse como la más bella.

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