Establecimientos gastrónomicos más buscados
Lugares de interés más visitados
Lo sentimos, no hay resultados para tu búsqueda. ¡Prueba otra vez!
Añadir evento al calendario
Si te asomas a la solana principal tras haber visto el manuscrito del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías de puño y letra de Lorca -con correcciones, tachones, subrayados de la palabra nueva-, a poco que te guste la lectura y la literatura, los congojos se hacen nudo. Le debió de pasar a Cossío tras el asesinato de su amigo. Porque encuadernó el texto con un mimo y una elegancia supremas.
“Debía de querer mucho la lectura, la cultura, los libros. Tenemos algunos de ellos sobados hasta lo increíble de tanto usarlos. Creo también que los encuadernaba con tal cuidado, como ocurre con este ejemplar único, para protegerlos de sí mismo”, relata Agustina Monasterio, directora de esta maravillosa casona cántabra cuando abre el manuscrito de Lorca. La Casona se ha convertido en referente cultural de la zona por méritos de quien la habitó y de su emplazamiento.
El vallisoletano José María de Cossío fue un erudito, escritor, crítico, periodista, hombre enciclopédico -La Tauromaquia, por la que es más conocido, es una enciclopedia-, tierno y amigo de sus amigos (da igual la ideología), además de generoso económicamente con unos cuantos de ellos (el mismo Alberti o Miguel Hernández). Todo ello se descubre en la visita de esta Casona de Tudanca, la única vivienda en propiedad del genial Cossío.
Firma habitual de Federico en su correspondencia con su amigo José María: “un bergante”; y el único banderín de La Barraca que existe.
Ramón Fernández, “Ramonín”, recuerda a Rafael Alberti en un recital de poesía “aquí detrás, pasado el arco de la casa, en este patio empedrado de la Casona”. Y los rosarios que se rezaban todas las tardes durante el mes de octubre, porque Cossío era conservador, católico, pero defensor de la libertad de todos sus amigos. Por eso, los genios de la Generación del 27 le querían.
Y, aunque en sentido estricto, algunos no le consideran miembro de ese grupo, el paseo por esta casa confirma la intimidad que tuvo con ellos y cómo hizo de puente entre unos y otros. Mecenas, protector, casi todos pasaron por aquí. Cossío fue el vínculo entre los poetas del 27 y el torero Ignacio Sánchez Mejías, tan presente en esta casona. En una reunión en el hotel Palace de Madrid, Sánchez Mejías, Cossío Fortún y los poetas fraguaron el acto del Ateneo de Sevilla para el homenaje a Góngora, que se convertiría en el acto de fundación del 27. Alberti epató a Sánchez Mejías recitando versos de su obra Corrida de toros. El sabio Cossío fue el editor crítico de los Romances de Góngora en la Revista de Occidente.
Tudanca es un pueblecito del valle del río Nansa cuidado, limpio y orgulloso de su historia, donde ya solo cuaja la nieve unos pocos días de invierno. “Ya no es como cuando éramos pequeños, que podíamos estar varios días cubiertos de blanco. Y sí, recuerdo a don José María, y a Alberti. Y a Pauli, que venía con Cossío desde Valladolid para cuidarle todos los meses que pasaba aquí. Había otra mujer del pueblo, la señora Natividad, que ayudaba también”, cuenta Ramonín, ya a las puertas de la Casona, donde espera Agustina Monasterio.
“Es una casa de labranza del siglo XVIII, creada por Pascual Fernández Linares, un hidalgo que, con el virreinato del Perú, adquirió relieve con un cargo importante. Tenía esclavos y debía de tener buena hacienda. Regresó por algún asunto de pleitos y problemas”, añade Agustina para situar al personal. “Pascual era de La Lastra, el pueblo de ahí enfrente. Cuando regresó, venía con influencia del barroco tardío, del XVIII mezclado con la tradición cristiana de Latinoamérica”.
Cossío heredó la casa de su abuela, quien había criado a los cuatro hermanos huérfanos con pocos meses de diferencia. Era de familia ilustrada -un bisabuelo fue rector de la Universidad de Valladolid-, pero también tenían presencia en los otros estamentos clave del Estado: el militar y la iglesia. Fue alumno aventajado de Miguel de Unamuno y desarrolló unos modales y habilidades diplomáticas importantes. “Tenía amigos en todos los ámbitos, por aquí pasaron también Rafael Sánchez Mazas y otros intelectuales de derechas”.
No tuvo que partir al exilio tras la guerra civil, aunque dejó de escribir en sus diarios durante los tiempos de guerra y algo más. “Debía de estar triste”, comenta Agustina, admiradora de la figura del erudito personaje. Ella ha estudiado apuntes, memorias, correspondencia, libros subrayados... La librería de Cossío -inabarcable por su tamaño- era apasionante; ahora está protegida frente a las humedades de la zona.
Desde el patio de la Casona, tras pasar el arco de carruajes, las vistas sobre los montes y el pueblito son un privilegio. El lugar disfruta de un emplazamiento que permite a sus moradores divisar todos los alrededores o cualquier actividad del campo. En la parte baja, la capilla barroca -donde se sabe que a veces se escondía o recogía don José María- y un gran zaguán donde arranca la escalera, dan paso a la sala donde en su momento estuvo la biblioteca. Pero esta pequeña capilla merece un punto y aparte.
Entrando a la izquierda, tras la puerta, una talla de virgen captura la atención primera del visitante por su belleza. “Es una de las vírgenes de Joselito El Gallo. Cuando el toro mata a Joselito, el traje con que lo mataron se lo envían a Cossío que había sido su seguidor, quien lo encumbra como artista del toreo y descubre para los hombres de letras. Pasado el primer momento de duelo, la familia de Joselito propone a don José María que les cambie el traje por una de las vírgenes ante las que rezaba el torero. Y él se lo devuelve. La virgen que le entregan es esta”. Se mantiene tal cual, con el manto y el rostro hermosos, no muy antiguos, de tamaño pequeño. Esta historia opaca al altar barroco, influenciado por el estilo colonial del que habla Agustina.
En la segunda planta, son las paredes y lo expuesto en ellas lo que triunfa sobre el mobiliario de época -una parte original- y el pequeño dormitorio, tamaño celda, donde el escritor se hizo construir una alacena-armario donde guardaba sus lecturas. Todo lo expuesto en los muros de las habitaciones, especialmente la sala grande que hace de distribuidor, los pasillos y dormitorios, es lo que admira durante la visita. Una de las primeras cosas en llamar la atención es el tapiz-poncho, una obra de artesanía -y una obra de arte- llegada desde el Perú. Los detalles del poncho bordado, los colores, toros, caballos y figuras marcan toda una época.
En su despacho “había una máquina de escribir que encontramos aquí y suponemos que fue de las últimas que él utilizó”, señala Agustina. Pero son las cartas escritas a máquina por Miguel Hernández desde Orihuela, antes de que le encarcelaran, pidiendo empleo y contando las penosas circunstancias que el poeta y su familia vivían, las que asaltan las primeras emociones. ”Cossío influyó para que luego no le fusilaran en la cárcel”, aunque el escritor alicantino murió en prisión en 1942, agravado su estado de salud por la situación de encierro.
Peñas Arriba, la obrita de José María de Pereda que gustó tanto a don José María porque es territorio de la Casona, o las notas, fotos, críticas… todo está aquí, en vitrinas y carteles. Pero fue la muerte de Joselito El Gallo, la tristeza del gran Juan Belmonte que le sobrevivió para su desdicha, lo que está muy presente en otro de los muros con retratos; el mundo de entonces de la preguerra, posguerra y la pasión por los toros de la Generación del 27, con la que José María de Cossío y Martínez-Fortún tuvieron mucho que ver. Es lo que se respira y palpa en las paredes.
Hasta que Agustina Monasterio, esta doctora en Literatura, investigadora y técnica de archivos en Cantabria que vive lo que cuenta sobre la Casona y su ilustre morador, comienza a abrir una hermosa caja de encuadernación: el manuscrito del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Entonces se hace presente en la sala ese silencio que envuelve momentos que tienen algo de sobrenaturales. Ni un crujir de los suelos de castaño, ni un sonido de los pájaros que cantaban afuera, hasta las paredes blancas encaladas son más blancas mientras pasan las páginas del manuscrito.
Porque desde la increíble y mimada encuadernación a la dedicatoria y las correcciones, todo es emocionante en esos papeles de tinta negra, de puño y letra de Lorca. Sus tachaduras, la sustitución de unas palabras por otras, la dedicatoria, su firma. Y un agradecimiento a este don José María de Cossío que lo guardaba todo o casi todo. Después de pasar y repasar los rostros de Belmonte, Sánchez Mejías, los compañeros intelectuales, sus familiares, las pinturas de su hermano Mariano de Cossío; hay rastro de su otro hermano, el también periodista y escritor Francisco de Cossío Martínez-Fortún. De la única mujer que había entre los cuatro hermanos, Carlota de Cossío Martínez-Fortún, no hay rastro en la casona, salvo una foto.
Desde cualquiera de los balcones o ventanas, en las habitaciones, la sala grande o hasta en la cocina, sea día de lluvia o sol -o de las cuatro estaciones en el mismo día- es fácil imaginar aquí esas mañanas o tardes en las que con Gerardo Diego, Jorge Guillén —que estaba en París— y Miguel Artigas —que en ese momento era director de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander— comenzaron a releer y extender otra mirada sobre Luis de Góngora por su tercer centenario. Corría el año 1923, Cossío acababa de heredar la casona. Así que podemos pensar que aquí, bajo esta luz y tras estos cristales, está la prehistoria de la generación de poetas más importante de España.
Por aquí pasaron miembros de la Institución Libre de Enseñanza, por supuesto, de la Residencia de Estudiantes, donde se conocieron los principales protagonistas; vinieron también los toreros míticos, y todos los amigos que llegaban a pedir cobijo y amistad, como Alberti cuando estaba sin una pesetas y perdido. Hay correspondencia entre todos ellos que así lo atestigua. Lo cuenta en La arboleda perdida. Cossío muere el 25 de octubre de 1977. Rafael Alberti regresó a España el 27 de abril de 1977, pero no hay datos de que se vieran en esos meses.
Pero como recordaba Ramoncín al inicio de esta historia, el 17 de agosto de 1985 Rafael Alberti dio un recital de poesía en esta casona a la que había venido tantas veces antes de los 40 años de exilio. Habían pasado tan sólo ocho años desde la muerte de su amigo Cossío. Cuando tú vengas de visita a recordar a Cossío, de la generación del 27 ya habrá pasado un siglo.
En general... ¿cómo valorarías la web de Guía Repsol?
Dinos qué opinas para poder mejorar tu experiencia
¡Gracias por tu ayuda!
La tendremos en cuenta para hacer de Guía Repsol un lugar por el que querrás brindar. ¡Chin, chin!