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En Fraula (1 Sol Guía Repsol) el movimiento es constante, aunque el comensal lo perciba pausado como el de las olas del mar en un día tranquilo. Su sala, donde los detalles se cuidan en silencio, está tan viva como su menú que muda con frecuencia y no solo para adaptarse a la temporada, sino para mimar al cliente habitual. Y todo ocurre bajo la garantía de que los platos serán una exposición de arte en la mesa, donde cada obra enamora a primera vista para terminar de fascinar en el paladar. “Nos importa mucho lo visual, cuidamos mucho la estética del plato, que eso nos viene mucho del tiempo que trabajamos con Quique (Dacosta). Nuestro objetivo es conseguir que esté bueno y que sea bonito, sino, no sale”, resalta Daniel sobre el cuidado, casi obsesivo, del emplatado.
Roseta y Daniel, pareja personal y profesional, quedaron marcados por los años que trabajaron en El Poblet (actual Flores Raras, del chef Quique Dacosta), donde se conocieron. Sin embargo, su necesidad de seguir aprendiendo en fogones diferentes los llevó a bifurcar sus caminos laborales: en el caso de Daniel, hacia Ricard Camarena (3 Soles Guía Repsol); y, en el de Roseta, hacia El Celler de Can Roca (3 Soles Guía Repsol). Sobre cómo acabaron en el sector gastronómico, sus historias también fueron bien diferentes. Roseta salía mucho a comer con su familia cuando era niña y siempre le llamaron los fogones —“aunque me vi obligada a estudiar otra cosa, óptica, porque antes la cocina estaba muy mal vista”—, y Daniel no lo tenía nada claro, aunque cuando se decidió, descubrió que esto realmente era lo suyo.
Fraula, fresa en valenciano y palabra casi en desuso, sirve de nombre no solo para el restaurante sino también para su menú más largo (el mediano, Alfabega, y el corto, Cevera, tiran también de vocablos en desuso del valenciano). Con nueve pases, el primero resulta perfecto para recorrer las intenciones que mueven a este dúo entre los fogones. Los aperitivos con una milhojas de brandada, panipuri de titania, paratha de ternera y un gazpacho de cerezas arranca con buenas promesas de sabores interesantes. Todo servido en un puzle hecho con los platos y con el producto colocado al milímetro en su lugar.
En el Cóctel de atún rojo, el jardín de flores sembrado en la superficie es un regalo para la vista que uno quisiera conservar. Sin embargo, es una alegría disfrutarlo en la boca con tanta viveza como entró por los ojos. “Es verdad que nos obsesiona la presentación del plato”, insiste Roseta, el alma enérgica de este tándem, y que reconoce que la cabeza pensante es Daniel. “Está siempre buscando información, leyendo libros, investigando nuevas tendencias… Él crea buena parte de la carta, luego hacemos los platos juntos y los vamos probando y mejorando según haga falta”, asegura Roseta sobre su forma de trabajar. Aunque los postres son parcela exclusiva de ella. Tanto que, cuando se conocieron en El Poblet, él trabajaba en la partida de postres y fue rápidamente sustituido por ella: “Es que lo hace muy bien”, confirma él recordando la anécdota.
Después de pasar por cocinas tan conocidas, les apetecía apostar por algo propio y a finales de 2019 se animaron con su propio restaurante. “Tres meses después llegó la pandemia”, recuerda con una risa nerviosa Roseta, porque aquellos fueron tiempos difíciles. Sin embargo, lo tenían todo muy claro y poco después del rodaje necesario con carta empezaron a llegar los reconocimientos nacionales e internacionales, lo que les permitió empezar a trabajar con menú degustación.
La Rodaja de tomate y bloody mary recuerda a una técnica mixta en pintura en la que se han usado materiales orgánicos para completar el cuadro. “Es nuestro tomate rosa del Perelló, muy cerquita de la playa con su toque salino. Lo hemos vaciado y rellenado de un falso steak tartar. Está solo hecho a base de tomate, que hemos secado al horno y usado después el mismo aliño del steak. Lo cubrimos con esa espuma de aceite de oliva y tomates semisecos. En la base, un bloody mary transparente”. Este plato, para los que ya sueñen con probarlo, se ciñe a la temporada del producto.
Los sabores de Fraula se adentran en la tradición, que los chef muestran en algunas de sus recetas despertando la memoria y las costumbres valencianas, como su Brioche de sardina. “A mí una de las cosas que más me recuerda al verano son esas barbacoas de sardinas en la playa. Hemos querido reflejarlo en el plato: un brioche que hemos hecho aquí en la casa y terminamos al vapor para que nos permita rellenarlo. En el interior vais a encontrar una crema de espetos de sardina. En la parte superior, el lomo de sardina que hemos sopleteado para que nos dé esos aromas de la barbacoa”, explica Roseta en la mesa.
Las raíces manchegas de Daniel, aunque él es valenciano, también quedan representadas en sus creaciones culinarias. El día de este reportaje, el menú incluía unos Ñoquis de ajoarriero y judía verde tirando de los sabores de La Mancha. “Mi familia tiene sus orígenes en Cuenca. El ajoarriero es una crema untable que es muy típica de allí a base de bacalao, patata y huevo. En este plato, tenemos unos ñokis esféricos, muy líquidos y cremosos, con mucho sabor. En el medio, un guiso de bacalao, judías verdes cocinadas a la llama para darle un toque crocante y una salsa profunda y aromática de mantequilla tostada y bacalao”.
Al amor de ambos por la tradición se suma que son unos grandes viajeros y les encanta recorrer mundo. Su paso por Asia, el Caribe o América Latina acaba reflejado de maneras originales en su apuesta gastro. La Ensalada de mar y aguachile o el Cerdo ibérico al char sui son una buena muestra de ello. Hechos con producto local son una apuesta internacional que sorprende por su buena ejecución y sabor. “Le hacemos un guiño a los viajes que hacemos cada año. Nos gusta probar otras culturas, otros ingredientes y unirlos un poco a la cocina nuestra usando producto cercano y de temporada”, aseguran los dos matizando su conexión internacional.
La caza también es bienvenida en esta casa y su Ravioli de ragú de corzo en salsa de kale al palo cortado es un ejemplo muy especial por su textura y su sabor. Aunque para la caza y las aves cuentan con el proveedor de confianza de la alta gastronomía como es Higinio Gómez, también compran a Antonio de Miguel. Su objetivo es combinar una búsqueda constante de producto de cercanía y proximidad con proveedores que puedan garantizar regularidad y máxima calidad.
Sobre la bodega, también hay mucho que decir en Fraula. Unas 450 referencias de las que se ha ido encargando y enamorando Daniel. “Lo mismo que con la gastronomía, se metió en el mundo de los vinos, se puso a investigar, a leer y, ahora, se encarga de la bodega”, asegura orgullosa Roseta. Incluye una selección de vinos valencianos y del resto de España, además de champagnes, cavas, franceses y una gran lista de vinos dulces pensada para armonizar con los postres de Roseta. Durante la comida, el chef apuesta por acompañar el menú de hoy con un blanco fresco y mineral, Cuvée Las Trabinas 2014, de la bodega Entre Aldeas, para los primero pases; y para después, un tinto del norte de la Comunidad Valenciana, Finca Terrerazo 2022, de la Bodega Mustiguillo.
La experiencia de Roseta en pastelería es un viaje (en todos los sentidos) dentro del menú. La Flor thaï, un homenaje a su primera vez en Tailandia, Roseta elabora una flor cuyos pétalos blancos son una panacota de hoja de pandán con perlas de coco y mango alrededor sobre un fondo de curry verde dulce. El segundo postre va hasta México: Chocolate, mezcal y mole. El propio comensal libera la burbuja que encierra el humo de madera de manzano para empezar con los aromas. Después, el contraste de matices dulces, salados, picantes, amargos y ahumados son una auténtica fiesta.
La compenetración de los dos cocineros no solo se ve en la organización y selección del menú, equilibrado y bien pensado, sino también en cómo se mueven por la sala, amplia y despejada. Ellos mismos atienden a los comensales y se turnan para explicar los platos a los comensales formando un tándem perfecto. El discurso de Roseta es dulce y estudiado; mientras que el de Daniel es más directo y detallado. “Nosotros estamos en la cocina por la mañana, ideamos los platos y los ejecutamos hasta que están listos para el menú. Pero después, formamos a nuestro equipo de cocina y son ellos los que están dentro durante el servicio”, explica Daniel. Roseta añade que, además, “todos están preparados para hacer de todo. Somos cocineros-camareros, para salir de la cocina también cuando haga falta”, sonríe con la tranquilidad que da haber resuelto el gran problema que acecha hoy en día a la hostelería, la falta de personal para trabajar en sala.
Quizá por eso en Fraula al equipo se le da un valor único. La minuta se hace en el momento para entregársela al comensal al final del menú con los pases, los vinos y la fecha. Sin embargo, en primer lugar, aparecen los nombres de todos los que han estado dentro y fuera de la cocina trabajando para hacer posible esta experiencia. Un reconocimiento escrito a todo el equipo. Puro arte colectivo.
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