Si el infante don Juan Manuel o los reyes de Portugal levantaran la cabeza y vieran sus castillos transformados en hoteles, maldecirían su suerte. Ahora son más cómodos, con camas king size en lugar de jergones de lana amazacotada, ascensores en vez de escaleras de caracol, buenos cocineros en los fogones y piscinas climatizadas. ¡Mi reino por un castillo-hotel!