Mélida

Mélida

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El orden de los factores no altera el producto y tampoco el éxito de la visita. La particular propiedad conmutativa de Mélida indica que no importa por qué punto de su término municipal queramos comenzar a conocerlo, el resultado final será el mismo: una sensación de plenitud en la que naturaleza, paisaje, arte, cultura y tradición actúan como elementos imprescindibles en esta suma. Si nos atrae la belleza verde de los bosques, el Pinar de Santa Águeda, enclave natural protegido en el entorno de las Bardenas Reales, es un buen punto de inicio. Deambular entre frondosos árboles, al tiempo que se descubre algún ejemplar de especie infiltrada, ya predispone a que  la operación sea exitosa. 
Tampoco puede faltar una visita a los sotos del río Aragón, que en Mélida son varios. Arenales, Rada, Sequero… Nos permitirán adentrarnos en bosques de chopos y sauces, mezclados con arbustos y las pequeñas islas que forma el río a su paso por la zona. Todo acompañado de un canto de pajarillos tan constante que uno casi espera ver aparecer ente los árboles algún personaje de cuento. El punto final podríamos ponerlo en el centro urbano, donde una paseo por el casco histórico, trazado con tiralíneas, nos mostraría restos de la antigua muralla, casas nobles con sus escudos dando muestra de su hidalguía y alguna edificación de siglos pasados para conducirnos a la iglesia de San María, bella por fuera, grandiosa por dentro y un factor necesario para que el resultado de la suma sea una plena satisfacción.
 

En la antigüedad, Mélida contaba con un castillo que fue demolido hace siglos. Hoy, en el lugar donde se cree que estaba esta fortaleza, podemos encontrar un mirador, llamado del Castillo, desde el que se puede contemplar el paso del río y un bonito paisaje.

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