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La iglesia de Santa Eulària corona el Puig de Missa -o monte de la misa en catalán-, una ubicación que, según venimos desde la carretera de Eivissa, nos permite divisar su perfil de muros de cal blanca y la cúpula de color rojo terracota que contrasta entre las pequeñas casas encaladas que la rodean. Construida en el año 1568, a 52 metros de altura sobre el mar, este enclave permitió en su época controlar y defender los molinos harineros que hay junto al río del ataque de piratas y corsarios. Aún se conserva su torre semicircular fortificada y está documentado que, en 1769, tenía dos cañones de bronce.
De su conjunto destaca el porche de columnas frente a la entrada, el mayor de la isla; y sus dos capillas barrocas. Su interior es austero, aunque en el altar mayor llama la atención un retablo del escultor José Farreras (siglo XVII) traído por el Marqués de Lozoya de la iglesia de San Millán, en Segovia, para sustituir al retablo que se había quemado durante la Guerra Civil española. Es una delicia rodear sus muros y pasear por el pintoresco cementerio de jardines y tumbas encaladas. Párate en la Cruz de Es Puig de Missa y disfruta de las vistas del paisaje boscoso, de la costa y del Mediterráneo.
En San Miquel de Balansat, un pueblo al noreste de la isla conocido por sus talleres artesanos, se encuentra otra de las iglesias fortificadas que hay que visitar sí o sí. Construida en el siglo XVII sobre las ruinas de la antigua alquería árabe de Balansat, hay varias razones que nos llevan hasta ella: es la única iglesia-fortaleza con planta en forma de cruz y en su interior conserva unas pinturas al fresco y unas cenefas historiadas que son toda una sorpresa. Situada sobre una colina de más de 150 metros, desde su ubicación era fácil controlar la llanura del Pla Roig y el acceso al Port de Balansat o de Sant Miquel, puntos clave para las posibles invasiones. Hoy las amenazas de piratas y corsarios turcos han dejado paso a unas tranquilas vistas de los bosques y el entorno del pueblo.
El templo es lo de más singular: su nave central tiene forma de tronco de pirámide truncada y para acceder al él, hay que atravesar un patio enlosado de piedra con tres arcos que invitan a sacar el móvil y hacerse unas fotos. Sus antiguas almenas fueron eliminadas, aún así, basta dar un paseo por el perímetro del edificio para sentir aún su carácter defensivo. Dentro, encontramos dos capillas laterales, la de Rubió, a la izquierda de la nave principal, y la de Benirràs, a la derecha, con pinturas al fresco llenas de motivos geométricos, florales y religiosos. El descubrimiento más reciente son las cenefas historiadas -del siglo XIX- cuyos dibujos narran escenas de la vida tradicional payesa y marineras con gran detalle. Date tu tiempo para verlas detenidamente, merece la pena.
La iglesia Sant Jordi de Ses Salines se encuentra a tan sólo 10 minutos del aeropuerto de Ibiza, y de la popular Platja d'en Bossa. Y de los cuatro templos fortaleza principales de la isla, es el que mejor conserva su estructura defensiva. Sólo hay que levantar la mirada y observar sus muros encalados de paredes ataludadas, sus 28 almenas y su espadaña barroca coronando la cubierta superior. Su origen nos lleva a 1469, cuando se documenta por primera vez la existencia de un torreón defensivo con una capilla que servía para proteger a los payeses y salineros de los berberiscos que desembarcaban en la costa.
Dentro, en su única nave resalta una bóveda de medio cañón sostenida por tres arcos apuntados y cuatro capillas situadas en los laterales. Una arquitectura sobria que salvaguarda una pila bautismal de 1732, labrada en piedra viva por Joan Coll, escultor mallorquín de la época y un zócalo de baldosa valenciana esmaltada que da el toque de color al conjunto. También hay que pararse a ver el retablo moderno que hay en el altar, instalado en 1990 y que imita a otro retablo barroco que se perdió durante la Guerra Civil española.
Al oeste de la isla, en el centro histórico de Sant Antoni de Portmany se levanta la cuarta ermita blanca concebida como fortaleza: la de Sant Antoni de Abad. Después de la Catedral, es la segunda iglesia más antigua de las Pitiusas, ya que su edificación fue autorizada por el arzobispo de Tarragona en 1305, ampliándose en los siglos XVI y XVII. Su arquitectura es claramente defensiva: muros gruesos, pequeñas troneras en la fachada desde las que se disparaba y una torre de planta poligonal donde se guardaban dos cañones de hierro fundido que apuntaban hacia los barcos que se acercaban a la isla de Conejera y a la bahía. Uno de los cañones históricos, de un calibre de 12 libras y 2,43 metros de longitud, se llegó a recuperar. Pasó por el puerto e incluso decoró la barra del restaurante Celler El Refugio hasta que fue recuperado y devuelto a su lugar de origen.
El interior de la iglesia, de estilo barroco, luce una única nave con bóveda de cañón, donde se exhiben los retablos de San Roque y de la Virgen del Rosario, además de una talla de San Vicente Ferrer del siglo XVII. También se puede contemplar la imagen de San Antonio, que sobrevivió a un incendio devastador que sufrió la iglesia durante la Guerra Civil española. El porxo, un amplio patio cubierto con una bancada y decorado con plantas, es uno de los lugares favoritos de los locales para sentarse y charlar a la salida del culto. También un buen sitio para descansar frente al templo.
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