Arantzazu

Arantzazu

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El viajero se dispone a patearse el pequeño municipio vizcaíno de Arantzazu buscando sus esencias. Para llegar a ellas, sabe que aquí no debe de buscar un laberíntico entramado de calles, porque en esta comarca de Arratia-Nervión, orgullosamente campestre, pueblo y campo se entremezclan de forma natural, en un urbanismo diseminado entre prados y colinas. Entre ellas empezamos nuestra visita, dejando atrás el río Arratia que riega estas tierras desde tiempo inmemorial y actuando como un reclamo para gentes de todas las  épocas. Aquí se estableció en el siglo XIV uno de los dos arciprestes que tenía Vizcaya dando caché religioso y administrativo al pueblo. A esa gloria medieval le debemos los edificios que nos cruzamos en nuestro paseo, un paisaje de caseríos enriquecido por otras construcciones con solera: el molino Errotalde, el sobrio puente de Zelaia, su cementerio, o, llegando ya al barrio de Arantzazugoiti, otro puente, el de Vildosola. Pero entre el patrimonio arquitectónico de Arantzazu brilla con luz propia un edificio religioso: la parroquia de San Pedro Apóstol. Aunque fue reedificada en 1828 su origen es bastante más antiguo. Y para regocijo de nuestros ojos, ha sabido conservar ese rústico encanto primitivo que tan bien encaja en la muy vasca y rural Arantzazu.

Pegada a la iglesia de San Pedro hay una vieja ermita consagrada a San Fausto, tan próxima la una a la otra que ambas comparten el tejado de su pórtico delantero.