Binissalem

Binissalem

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El corazón que late vino de Mallorca. Sus viñedos son las venas que llevan su sangre tinta, blanca y rosada hacia una población chiquita de rurales edificios. Eso es Binissalem. Una localidad; tres zonas: la más al norte, que es la más natural y donde más deportes se practican, por su cercanía a las colinas de Bellveure y Borneta; el casco histórico, por el que se encuentran casales barrocos que son bien de interés cultural como Can Llorenç, Can Sabater, Can Amengual etc., y el más cosmopolita, donde están las áreas turísticas. Can Gelabert, diferenciable por su fachada de rocas castañas, es, además de una genialidad arquitectónica, un museo; al igual que la Fundación Casa Museu Llorenç Villalonga. El campanario de la iglesia de Santa María de Robines, el más alto de toda Mallorca, sobresale entre todos estos edificios.  Ya al caer el sol, la localidad se transforma en una segunda París por su impresionante iluminación.
Bellezas aparte, si nos referimos a Binissalem ¿cómo no íbamos a hablar de vino si es una de las localidades más relevantes en este sentido? Se podría decir que es la reina del enoturismo balear, gracias a sus bodegas tradicionales a visitar. También se organizan rutas y catas de sus exclusivos Vinos Denominación de Origen Binissalem. Incluso las fiestas locales están relacionadas con vino: una es Sa Vermada (la Vendimia) y otra es la Ferta del Vermar, donde, además de vino, se degustan los autóctonos fideus der Vermar y se celebran folclóricos bailes y verbenas en honor al zumo de la vid.

A las afueras de Binissalem se encuentra una de las piscinas municipales más icónicas de Mallorca, Can Arabí. Su tamaño, su cafetería, sus áreas diferenciadas para todas las edades y sus preciosas vistas de los viñedos de la localidad la hacen inolvidable.

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