Lekeitio

Lekeitio

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Cuando uno alcanza la desembocadura del Lea, uno se abre junto a Lekeitio al mar Cantábrico con sus mejores galas: los dorados arenales de Isuntza o Karraspio. Sus playas saludan a la deshabitada isla de San Nicolás, a la cual se puede llegar andando con la marea baja y que protege a la población que se encuentra a sus espaldas, mientras Santa Catalina vigila desde su ermita y su faro, en el otro extremo de la villa. A merced de la marea, tiene una gran tradición marinera, como demuestra su puerto con fuerte olor a sal, tascas de toda la vida, una arquitectura que acaba fundiéndose irremediablemente con los barcos y una gente que vive sus costumbres con intensidad, sobre todo en las fiestas de San Antolín o la de San Pedro. 

Desde siempre, el mar parece azul y se distingue de otro elixir que sintetiza al municipio, el txacolí, que tiene su templo en el lagar del palacio Sosoaga. Y este fluye por el entramado urbano medieval del casco antiguo, repleto de palacios como Uriarte, Oxangoiti, Uribarri y Abaroa y con edificios religiosos como la Basílica de la Asunción de Santa María, dueña de un retablo gótico bañado en oro que merece unos minutos de contemplación. Al abandonar el templo, el mar seguirá ahí, reclamando nuestra constante atención.

Merece la pena caminar hasta el faro de Santa Catalina, de más de 150 años de antigüedad, donde el farero y su familia estuvieron viviendo hasta los años ochenta del siglo pasado. Es uno de los pocos faros que se pueden visitar en Euskadi y ahora, además de cumplir con sus tareas marítimas, acoge el Centro de Interpretación de la Tecnología de la Navegación.

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