Marcilla

Marcilla

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Su nombre femenino no engaña. El río Aragón se ha colado en esta región de Huesca delineando el terreno con curvas pronunciadas. Allí configura una villa a sus orillas, mientras recorre como una serpiente de plata los meandros en la Ribera Alta de Navarra. El paisaje es encantador y junto con el río compiten ambos por superar la belleza del centro urbano de Marcilla. Pero es difícil, en el centro de la villa un pasado monumental les pone el freno, combinando la piedra con la nieve que tiñe las calles en invierno.  El castillo destaca imponente, es, además, el punto neurágico de la villa. Desde él, las calles corren despavoridas, sin rumbo fijo, deshaciéndose en otros importantes símbolos de piedra como la ermita de la Virgen de Plu. Ella desafía la belleza de las playas de grava que crea el río Aragón con el precioso gótico de su sillería. Además, el centro urbano tiene una baza a su favor para ganarle la partida a la naturaleza de su alrededor. El olor a paella, a hortalizas frescas a tomillo y romero sube por la piedra desde las terrazas y bares donde se cocinan los productos de la huerta. Incluso, una vez al año, el castillo también utiliza esta treta, con su tradicional concurso de Calderetes, humeando el olor del puchero por todos los rincones. No se sabe si al final ganará el casco urbano, su precioso entorno, o la simpatía de sus gentes. Lo que está claro es que Marcilla es imponente desde todos sus horizontes.

En ocasiones, los movimientos del río dan lugar a islas. Suelen ser depósitos de gravas y de otros materiales que se van acumulando, hasta dividir el cauce. Otro elemento importante del río son las “madres viejas”. Tramos abandonados por el cauce principal, que suelen inundarse periódicamente con las crecidas. Muy favorables para el desarrollo de muchas especies que encuentran allí las condiciones necesarias para crecer y multiplicarse.

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