Avellana de Reus con Denominación de Origen

El lugar feliz de la avellana

El turrón ganxet está hecho con avellana negreta.

La Navidad es tiempo de turrón pero también de frutos secos. Núria, de 'Gelats i Torrons Xixona', elabora y vende turrón Antonio Plá Ferrándiz, como ha hecho su familia desde hace más de 130 años. Esther, de Ca Rosset, saca adelante la finca de avellanos de los que comen sus antepasados desde hace 300 años. Aparte de historia personal, a ambas les une un producto: la avellana de Reus.

En 'Gelats i Torrons Xixona' se acompaña el café con un trocito de turrón envuelto como si fuera un caramelo. Una estudiante repasa apuntes frente a su taza y dos jubilados miran con curiosidad al tipo de la cámara. Al otro lado del mostrador, Núria ayuda a envolver lotes con un papel rojo Navidad. Su familia empezó a vender turrón en 1885 y basta con fijarse un momento para notar que le encanta seguir haciéndolo. 

Aquí el turrón es una religión.

"Empezó mi tatarabuelo. Él, como otros muchos jijonencos, se recorría España cada año", explica Núria, con el gesto de quien ha contado algo muchas veces y no le importa volverlo a repetir. Su tatarabuelo era Antonio Plá Ferrándiz, el mismo que ahora firma cada barra de este dulce artesano. Y también el que observa desde un gran retrato cerca de la puerta principal. Mirándolo con atención no se sabe si aquel día no le apetecía posar o es que vigila que todo esté en orden. Cuenta Núria que el nieto de Plá Ferrándiz venía cada invierno con su abuelo, y que cuando empezó a venir solo, le costó mucho hacer caja. "Así que al año siguiente trajo este retrato, para demostrar que de verdad era 'el nieto del de los turrones'. Desde entonces no podemos moverle de ahí", cuenta con gracia. 

Núria, quinta generación de turroneros.

La tradición turronera continuó de padres a hijos y las visitas anuales a Reus eran casi sagradas, pero fue su madre quien decidió trasladarse a la ciudad tarragonense, donde aguanta el negocio hasta hoy. En su local de Raval de Santa Anna venden muchos más tipos de turrón de los que a bote pronto uno podría enumerar. "De Xixona, de frutas, de nueces y nata, de coco, de yema tostada y sin tostar...", Núria recita variedades como si las hubiera aprendido de niña mientras nos acompaña a la trastienda. Allí, Pere García, pastelero de la casa desde hace más de 20 años, se afana con unas barras de turrón de ganxet, la nueva apuesta de Núria por el producto local: la avellana negreta

Tarragona exporta casi la totalidad de la avellana a nivel nacional.

"Recuperar las cosas buenas" 

En 'Xixona' venían haciendo turrón de avellana con chocolate negro y chocolate con leche y, hace dos años, incoporaron este fruto seco a la estrella de la casa: el turrón de Xixona. "Es el mejor momento para la avellana, es un producto sano y es tiempo de reivindicar lo de aquí", reflexiona mientras Pere va cortando las grandes placas.

Tal y como llega de Xixona.

Aquí se usa la avellana también para la horchata y para los helados, pero las fechas mandan y todos los esfuerzos se concentran en lo obvio. En el almacén, decenas de cajas de madera –para que absorban el aceite sobrante durante el traslado– esperan su turno. "Todo es artesanal pero el turrón lo hacemos allí, que es donde de verdad se sabe hacer", apunta Núria.

Por estas fechas el mostrador está repleto de turrones.

Ya en el obrador, donde sí se elaboran el resto de dulces, Núria cuenta su historia personal con la turronería, una de esas historias de relevo generacional que son tabla de salvación para el negocio. "Yo estaba estudiando pedagogía en Alemania y me llamó mi madre diciendo: 'como una de las tres [hermanas] no lo coja; se vende, se alquila o se traspasa'. Se lo dije a Ahmed y nos vinimos". Ahmed es palestino y estaba estudiando medicina, pero se fue con ella a Reus y aprendió rápido el oficio de la mano de su suegro y de Pere. Ahora, 15 años después, sonríe mientras no quita ojo del chocolate que está atemperando. 

'Rocs de Reus': del obrador al cliente.

El chocolate es para las rocs de Reus, un dulce que solo hacen cuando se acerca la Navidad. Es algo sencillo pero solo pensarlo da hambre: avellana caramelizada y recubierta con chocolate. En este caso, negro al 70 %, pero también las prepraran con chocolate con leche y blanco. Ahmed y Pere caramelizan el fruto y los van pellizcando de tres en tres o de cuatro en cuatro; luego, recubren cada "roca" con el chocolate a la temperatura exacta. "Hay que tener cuidado porque en el chocolate se nota cada huella que dejemos", explican con mimo.  

Las 14 personas que trabajan en Reus y las cinco de Xixona se rigen por esa premisa, la del mimo. "Las cosas buenas del pasado hay que mantenerlas", sentencia Núria, explicando su afán por lo tradicional. A pesar de que la época del turrón se compagina con la del helado, su segunda piedra angular, conoce la dificultad de trabajar algo tan estacional. "Pero esto no se puede perder, aquí la gente viene a comer helado y comprar un turrón, es un lugar feliz", sonríe. 

Sitio habitual para los de Reus y lugar de peregrinación navideña.

"Una guerra a tres bandas" 

En esa línea del cuidado por lo cercano, Núria no se va muy lejos a comprar la materia prima. Esther le vende las avellanas directamente de su finca de Vilallonga del Camp. Ambas mujeres comparten algo más que esta transacción; al escuchar a esta "pagesa orgullosa", como ella misma se define, es casi imposible no relacionar su relato con el de la turronera de Reus. Esther creció entre avellanos, sus padres siempre vivieron del cultivo, pero ella estudió Química y se puso a trabajar en una multinacional. Con el tiempo, la vida le acabó llevando a la misma tierra que labra su familia desde hace 300 años. Hace unos siete impulsó la marca Ca Rosset, para darse a conocer, y vender al por menor. 

Los avellanos de Ca Rosset aún conservan el verdor.

Esther pasea entre las cuatro hectáreas de avellanos, alertando de las ramas caídas. Hace un rato que escampó, pero en el Baix Camp aún quedan secuelas de dos días de intensas lluvias. "La cosecha del año pasado fue horrible, porque vino mucha agua muy tarde, pero un año bueno sacamos hasta 50.000 kilos de avellanas", cuenta. "Lo que diferencia a la negreta del resto de avellanas es que tiene el culo más redondeado y la punta más pronunciada, y el sabor es más profundo", explica, con una en la mano, ya pelada.

El orgullo "pageso" lo inunda todo.

Un cielo plomizo y unas ramas a ratos desnudas, a ratos verdes claro, enmarcan el camino. Como Núria, Esther intenta que la tradición de sus antepasados no se pierda, y defiende lo suyo con ilusión, pero "no es fácil trabajar en el campo, y menos siendo mujer. La gente todavía no está acostumbrada a ver una mujer subida a un tractor, y orgullosa", reconoce. "Así que nada, aquí la guerra es a tres bandas: por el campo, por la avellana, y por las mujeres", acaba resolviendo mientras sale de los terrones.

Esther ha cogido el relevo agrícola de la familia.

El paisaje invernal sugiere seguir caminando entre los avellanos, pero Esther tiene una lumbre encendida en la casita de enfrente del cultivo, y el frío apremia. Además de la avellana, Esther y su familia cultivan almendra marcona y oliva arbequina; y los frutos secos, el aceite de oliva y el moscatel, "todo de aquí", sientan de maravilla a media mañana. Cuenta la pagesa, que desde el año pasado organiza visitas de recolección: "el plan es venir aquí, recoger avellanas con nosotros y luego almorzar pan payés, pero tal y como se hacía antes", anima con llaneza anfitriona que invita, si se tercia, a quedarse también a cenar.