Castillos de Tarifa

Castillos de Tarifa

Dos continentes se divisan desde el Castillo de Tarifa. Es comprensible que el caudillo árabe Tarif consagrara su vida a mantenerlo para usarlo como puente para entrar en la península. El califa cordobés Abdarrahman II lo construyó sobre una meseta rocosa, dándole su estilo defensivo califal de inspiración bizantina. Parecía un buen augurio, pero no, el sueño de Tarif no se hizo realidad. Alonso Pérez de Guzmán se encargó de ello. Prefirió ver morir a su hijo antes que rendir el castillo a las tropas árabes. Su hazaña le hizo célebre y le valió el apodo de “Guzmán El bueno”, que hoy comparte con el palacio. El fortín se prolonga a través de las murallas que envolvieron Tarifa para repeler ataques. En ellas, aún pueden verse los huecos en los que se ubicaron las armas de artillería usadas en la Guerra de Independencia para luchar contra los franceses.

Cinco puntas tocan las aguas del mar como si fueran dedos. No es una estrella de mar aunque su planta sea idéntica. Los muros del Castillo de Santa Catalina pueden contar mil historias: de ruido de espadas entre combatientes medievales, de las torturas que se sucedieron entre sus paredes cuando fue prisión militar en el s. XVIII, de previsiones de tormentas cuando fue la estación meteorológica meridional o de ruido de ametralladoras con las que se protegió durante la Segunda Guerra Mundial... Hoy, los jabalíes campan a sus anchas por el entorno del edificio renacentista y escuchan, pacientemente, las anécdotas que sus muros parecen susurrar .

Multitud de pequeñas fortalezas terminan de configurar el paisaje de Tarifa en un acto heroico. Son torres de vigía que resisten en pie desde tiempos inmemoriales: la Torre de la Isla de las Palomas, la torre del Rayo y la Torre de Valdevaqueros son el mejor ejemplo de cómo dominar amplios parajes con un sólo golpe de vista.

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