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Resulta bonito imaginar que las olas que rompen en la playa de arena blanca de Costa Calma y cogen con destreza los windsurfistas son las mismas que baten el malecón de La Habana o se funden en las aguas turquesas de Varadero. Fuerteventura y Cuba, unidas por un mismo océano que las abraza. Esa hermandad, de constante ida y vuelta a lo largo de la historia, es la que se ha propuesto plasmar el chef cubano Rigoberto Almeida en su restaurante El Pellizco (RGR Guía Repsol), el primero de la isla majorera en ofrecer un menú degustación gastronómico. Comenzó el año navegando entre dos mundos, alejados en la distancia pero muy unidos en sus recetarios y sazón; estos meses rinde tributo a ambas abuelas, cubana y canaria, en cuyas cocinas fue “muy feliz”; pronto se embarcará en nuevas expediciones, “porque soy culo inquieto”, reconoce entre risas.
“Yo soy hijo de una madre canaria y de unos abuelos canarios que emigraron a Cuba. Y soy hijo de un padre cubano y unos abuelos cubanos. Me crie, por tanto, comiendo un fin de semana ropa vieja y otro, moros y cristianos (arroz con fríjoles). Ese encuentro de dos mundos es lo que he querido reflejar en mi restaurante”, explica con cierto orgullo Rigoberto. Sabores caribeños, producto local y un recetario que discurre por las costas del Atlántico y el Caribe. Aquí se hermanan el tomate majorero y el plátano verde frito, el agua de coco y los pejines, el gofio y las alubias negras, el dulce de guayaba y el camarón soldado. Y lo hacen sin artificios y esfuerzos, sino con esa naturalidad con la que, a veces, surge la chispa del amor. Como les ocurrió a Rigo y a Yahimara Ferrand, la copropietaria y jefa de sala. Porque El Pellizco primero fue un pellizco en el corazón.
“Mis abuelos maternos emigraron a Cuba, con mi mamá siendo muy pequeña, en los años cincuenta desde Tenerife -recuerda el cocinero-. Montaron una casa de comidas en La Habana, que pronto se hizo muy popular entre los canarios: El Pellizco de la Avenida 100. Yo no crecí en el restaurante, pues con la Revolución se lo expropiaron, pero sí que trabajé para sacarme unos ahorros en clásicos como La Bodeguita del Medio o el bar Floridita. Resulta que mi mamá estudió Medicina con un compañero que hizo el viaje a la inversa, emigrando a Fuerteventura con su familia, entre otros, con su pequeña hija Yahimara”. La historia juntó a esta pareja por uno de esos caprichos de la casualidad. La celebración de un congreso médico en Guantánamo hizo que la mamá de él le invitara para pasar unos días juntos antes de que Rigo se marchara con sus hermanos a Estados Unidos; y el padre de ella quería que su hija conociera el país de sus raíces. “Y allí nos conocimos y el flechazo fue inmediato. Lo que iban a ser unos días, fueron seis meses en Cuba; y cambié USA por Fuerteventura, donde me vine ya con familia en camino”.
Yahimara ejerce de perfecta cicerón en el restaurante, como seguramente lo hizo con Rigoberto durante esas primeras semanas en la isla. Ataviada con su guayabera canaria, como el resto del personal de sala, todavía no se le ha borrado la sonrisa de felicidad al estrenar el nuevo espacio con el arranque del verano, cuando decidieron retirar la carta y reducir de 80 a 16 los servicios. El comedor interior ha ganado en luminosidad natural, con la cava de vinos a la vista, mesas vestidas con mantelería de lino, vajilla confeccionada por artesanos locales y una decoración minimalista.
Los dos menús actuales homenajean a las mujeres de Fuerteventura (La Majorera, 10 pases y un postre) y Cuba (La Guantanamera, 12 pases y dos postres). Este último, “lo hemos dividido en dos secuencias que reflejan la vida diferente de la costa y del interior”, apunta Yahimara al presentarlo. Arrancamos con un cofre donde se ofrecen los tres primeros snacks: una galleta de pescado seco, un bocado de plátano verde fermentado en agua de coco y envuelto en hierbabuena -al más puro estilo de guarapo de coco del oriente cubano- y un pejín (sardinita) en vinagreta”. Luego llega el turno del Pez en el agua, “el plato más sincero que tengo en el menú”, según revela el chef. Es un tributo desnudo al tomate majorero, de la variedad cherry que cultiva desde hace 25 años Elisa en el municipio de Pájara. Gelatina de tomate, pescado curado, hierbas aromáticas y aceite de albahaca, “la máxima expresión de este producto, que casi redescubrimos por primera vez al probarlo”.
Sumergidos en las aguas de la isla, con el gofio como coprotagonista, llega una fotogénica galleta aérea de esta harina tostada -en cuya elaboración Rigoberto pone en práctica sus conocimientos como licenciado en Química de los Alimentos- y sobre la que presenta pulpo seco, emulsión de plancton, ajo y brotes de codium. Un puro bocado marino es también la cesta de atún, hecha con gofio crujiente y rellena del túnido, con espuma de ajo verde flambeada y coronada con un burgado, pequeño caracol de mar que suele capturarse en las playas de El Cotillo.
Esta secuencia marina se cierra con dos pases donde el chef expresa con mayor intensidad y contundencia la fusión entre Canarias y Cuba. Con el Pescado negro “queremos representar a todo un país y su cultura gastronómica, porque está inspirado en ese tradicional pescado, arroz y fríjoles negros de las casas cubanas”. El lomo de lubina de Aquanaria queda napado por una demi-glace de alubias negras y se presenta sobre un gel de plátano frito semipicante, aceite de cilantro, perejil y albahaca, y coronado con granos crujientes de chícharo, una leguminosa autóctona de Fuerteventura en peligro de extinción, que les cultiva Rosa Mesa en Puerto del Rosario, y brotes de barrilla, la planta que protege al chícharo y que tiene matices salinos. Cerramos este apartado con un plato que han bautizado como Transculturación, “esa mezcla de dos culturas que dan origen a algo nuevo”. Aquí se diseñan dos orillas, que hay que unir con la cuchara: una con camarones soldado (quisquillas) infusionados en algas y caviar; y en la otra, salsa de mojo rojo, leche de coco y aceite de pimienta palmera.
Rigoberto confiesa “una obsesión” con la cabra majorera, “con la que hemos creado un mundo paralelo”. Es la protagonista indiscutible de la segunda secuencia del menú, y presente en todos los pases. De hecho, el chef se atreve a elaborar sus propios embutidos de carne de cabra, como la mortadela con piparra y pimienta negra, el chorizo tradicional y el salchichón con dátiles, con los que se hace indispensable la rebanada de pan de masa madre que les confeccionan en el obrador local Fuertepan (Morro Jable). Le sigue una trilogía del queso de la quesería La Pared, presente en el municipio de Pájara desde 1984, en diferentes texturas: una crema con virutas de queso añejo 24 meses, un merengue (“suspiro”) salado y un espectacular buñuelo de queso y guayaba, un bocado que nos traslada directamente a las calles de Cuba.
En esas ansias de curiosidad e inquietud, Rigoberto también se ha animado a preparar lo que han llamado cabrabushi. “Se trata de una pata de cabra que cocinamos y ahumamos. Durante tres meses permanece, al sol y la brisa, en el secadero que tenemos en la azotea del restaurante y luego otros tres meses en nuestra cámara de maduración. El resultado es una pieza de carne seca que rallamos como si fuera el katsuobushi de atún y que es la protagonista del plato Flor y néctar de cabra, con pan de puño garrapiñado, champiñones, espuma de hígado de cabra y gel de yema de huevo”, explica el chef. La parte salada finaliza con una pieza de carne del animal cocinada en la OCCO, acompañada de una demi-glace de su propio jugo, gel de huevo, piñones y una ensalada, en formato espuma, de tomate, queso y gofio.
Los dulces siguen esa dinámica presente durante todo el menú, de fusión y viaje entre ambas despensas. Para limpiar el paladar, un refrescante Falso queso, que en realidad es una nube cítrica de lima y granizado de hierbabuena, con forma de queso, que se sumerge en una kombucha de tuno indio. Y, como nos prometía Rigoberto al inicio, la cabra está hasta en el postre, con un algodón dulce -de esos que nos retrotraen a las ferias-, helado de carne y manteca de cabra, crème brûlée de leche y vainilla y unas láminas crujientes y caramelizadas de carne de cabra. “Con los petit fours hago un viaje personal a mi infancia, a esas gominolas con las que nos premiaban los papás o abuelos cuando salíamos a pasear por La Habana”. El casquito -macaron de queso sin harina y relleno de jalea de guayaba-, el coquito caramelizado -receta de su madre- y el buñuelo de yuca en almíbar y anís –“el postre que todas las Nocheviejas nos servía mi abuela”- se presentan como pequeñas joyas en una caja de puros habanos.
En esta ocasión, Yahimara propuso un maridaje solo de vinos de Canarias. Un recorrido por los viñedos de un archipiélago que cuenta con once Denominaciones de Origen. Empezamos con un espumoso listán blanco de Tenerife, Paisaje de las Islas (bodega Tajinaste), y un blanco Mergus (vijariego y listán blanco) de la isla de La Palma. En los viñedos “más altos de Europa” (1.687 metros de altitud), en La Orotova, se cultivan las uvas con las que se elabora Los Frontones, de bodega Piedra Fluida. Un coupage de forastera gomera, listán blanco y marmajuelo conforman La bodega escondida, de Laderas de Montero (La Gomera). Y en tintos, la propuesta fue local, con un baboso negro de Conatus de la localidad de Lajares (Fuerteventura). Para los postres, el moscatel dulce de La Florida (Lanzarote) y un ron cubano macerado con miel de La Palma por los propios dueños del restaurante para brindar por las raíces y el amor.
EL PELLIZCO BY RIGOBERTO ALMEIDA - C. Montaña Azufra, 1. Costa Calma (Fuerteventura). Tel: 607 081 083.
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