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La mañana comienza, para Marcos, cerca del mar. En el mercado, a un paso de los muelles; en la churrería a la que siempre ha ido para tomarse unos minutos antes de empezar a cocinar y en la que el aroma yodado de la orilla inunda la terraza; pasando por el puerto para charlar con los pescadores de bajura y enterarse de cuáles son las capturas del día. Todo, en Marín, parece volcarse hacia el Atlántico, hacia esa ría que llena el paisaje. Sin embargo -Marcos lo sabe- Marín es mucho más: es huertas, es esos montes que se levantan tras el pueblo. Puede que el puerto marque el día a día de la localidad, pero la despensa va mucho más allá sin que haga falta alejarse más de un par de kilómetros.
Los sabores de la memoria siguen muy vivos aquí, en la cazapa, por ejemplo, ese pescado que se seca de manera artesanal y que en É homenajéan introduciéndolo en uno de los pases del menú. En el millo corvo, una variedad ancestral de maíz morado que se recuperó hace unos años en la aldea de Meiro, a un paso del pueblo. O en la torta de rixóns, de chicharrones, característica de esta península de O Morrazo que separa las rías de Pontevedra y Vigo hundiéndose en el mar como un cuchillo. Todo eso está presente, forma parte del imaginario de esta casa de piedra escondida en callejón. Una casa familiar que Marcos, tras años formándose en otras cocinas, rehabilitó con criterios de sostenibilidad ambiental para convertirla en el centro de su universo a su regreso a su localidad.
El muro recio de granito no deja, sin embargo, adivinar lo que se esconde tras él. Al otro lado de esa puerta en la sombra de la calleja, se despliega un espacio luminoso, de madera y vidrio, en el que la cocina vista se convierte en protagonista. La gran mesa es un palco en primera fila para asistir al trabajo frenético en los fogones, porque si algo caracteriza a esta casa es una cocina minuciosa, compleja por momentos, de elaboraciones técnicas que dan forma a bocados sabrosos. La atmósfera en la planta superior es más tranquila. El bullicio sigue, abajo, pero aquí todo es calma y la luz que se cuela por las cristaleras. El ambiente invita a relajarse y a ponerse en manos de Marcos, porque todo, en su propuesta, habla de este lugar en la ría.
El primer bocado, de hecho, es una declaración de intenciones en dos bocados, una forma de decir “estás en Marín y vas a sumergirte con nosotros en su despensa”: empanada de millo corvo, ese maíz antiguo recuperado, con cazapa y puré de pasas. La elaboración icónica de la cocina gallega se perfila a través del cereal autóctono, pero también reinventando la clásica empanada de bacalao con pasas de las rías al traerla más cerca aún, al pueblo, con el uso de este otro pescado seco.
Después llega la croqueta de cocido, con caldo de cocido y lacón. Y tras ella la caballa, ahumada, sobre pan de maíz con uva de mar y caviar. Los sabores forman parte de este entorno desde siempre; las elaboraciones, la estética, son, sin embargo, completamente nuevos. Y es esa capacidad de entender la memoria del paladar y reformularla lo que mejor representa el trabajo que se desarrolla en esta cocina.
Algo similar ocurre con la propuesta líquida. Hay, en este restaurante, una bodega bien nutrida -unas 200 referencias- basada en elaboraciones gallegas, muchas de ellas de proximidad, elegidas cuidadosamente. Y no se ofrecen refrescos. A cambio, la casa propone zumos y fermentados de elaboración propia que, según consideran, los representan mejor. “Si trabajas una cocina de producto local, con un enfoque ecológico; si te preocupa la sostenibilidad y piensas tus platos en esa clave, es lo que tiene sentido”, defiende Marcos.
La trucha asalmonada llega desde el embalse de Cecebre, en el norte de Galicia. Marcos la ahuma y la fríe para proponerla en su marmitako. El ossobucco se guisa, se prensa y se propone con un puré trufado y con una cecina que elaboran con la misma pieza. La cocina es meticulosa, encaja a la perfección con el cuidado que se pone en los emplatados, en vajillas elaboradas por artesanos y pensadas, en muchos casos, para un plato específico, o con las ilustraciones que, a modo de carta, presentan cada plato y los pasos que los componen.
Todo se cuida aquí al máximo para que cada producto esté lo mejor arropado posible, porque cada uno de ellos se trata como una joya. Marcos sube y baja, se acerca a la mesa, explica el por qué de esa materia prima, dónde la conoció y el motivo que le lleva a elegir a ese productor concreto; habla de elaboraciones antiguas del pueblo, de empanadas que ya casi nadie hace y ellos quieres recuperar, de dulces de otra época, del lugar al que va a recoger setas, sólo un poco más arriba, en la ladera. Esa emoción, la pasión que siente por cada producto que elige, se transmite al comensal. Y al plato. Impresiona, en cierto sentido, ver el esfuerzo que se hace en este espacio por documentar la procedencia de las cosas. No sólo de los productos que se cocinan, sino de las técnicas, de las elaboraciones y del modo de producirlos. Marcos es un cocinero joven, apenas 30 años, pero se siente parte de una nueva generación que está insuflando aire fresco a la cocina gallega contemporánea y que lo hace siendo muy consciente de sus raíces.
Algo está cambiando en las cocinas locales. Y esa sensación que tiene el cocinero de sentirse parte de ello es un ingrediente más, un aliciente que ayuda a no conformarse. Tras décadas en las que la cocina gallega ha dado generaciones brillantes -la de Pepe Solla, Xosé Cannas o Xoán Crujeiras, fundacional, hace un cuarto de siglo; la de Javier Olleros o Miguel González después- este último año ha dado muestras de que hay ya un nuevo grupo, cocineros que rozan la treintena y que reivindican su labor, desarrollada muchas veces en zonas rurales, con respeto y admiración hacia los que llegaron antes, pero sin complejos y sin perder de vista el bagaje histórico de la cocina gallega.
Aquí están, seguramente, nombres como los de Andrés Torreiro (D’Obra, Melide), Antón Castro (Casa Gaibor, Guitiriz), quizás la gente del restaurante Agocho do Bico (Camariñas) o Nacho Moreira (Concha), aunque en su caso la base sea una ciudad, A Coruña. Hay mimbres como para pensar en un movimiento generacional, lo cual insufla nuevas perspectivas y hace pensar en un futuro muy interesante, gastronómicamente hablando, y amplifica el trabajo de esos cocineros, de esas casas pequeñas, a veces aisladas en una comarca sin mucha más oferta de cocina puesta al día, haciendo que crezcan, que se nutran unos a otros y que lleguen más lejos de lo que llegarían en solitario.
Ahí está Marcos, ahí se ve él y ahí encaja a la perfección su trabajo. No es que hicieran falta más pruebas para convencerse de ello, pero justo ahora llega el postre, una versión de la torta de rixóns que en esta casa preparan con chicharrones, harina de nuez, unto de cerdo y sal de algas y que acompañan con un helado de nata ahumada y con una crema de caramelo. Es lo de siempre, lo que uno esperaría en una sobremesa tradicional en esta parte de las rías, pero es, al mismo tiempo, algo distinto, una visión personal sobre ese clásico que el cocinero enriquece con su historia y con su forma de entender la cocina.
No es sencillo definir la cocina del restaurante É. Esa letra, acentuada, es, en gallego, el infinitivo del verbo ser. El restaurante es: es parte de un lugar, es parte de una cultura, es parte de un modo de ver las cosas, es como es… Es, a fin de cuentas, una declaración de intenciones que encaja con un momento de cambio, de transición gastronómica en el que Galicia se asoma a una visión más plural, más repartida por todo el territorio y en el que, sentado a mesas como la de este restaurante marinense, el comensal tiene la sensación de estar asomándose a un cambio de ciclo, a uno de esos hitos que se dan muy de vez en cuando, en los que una generación nueva llega para proponer una forma más, complementaria, de ver las cosas.
É es un restaurante de producto, pero es mucho más que eso; es un laboratorio en el que se trabaja sobre la memoria y es el sueño de un cocinero. Es el fruto de un lugar y de un momento, pero sobre todo es un lugar que hay que llevar anotado cuando se viaje por esta parte de Galicia.
RESTAURANTE É. Cjón. de Solla, 1. Marín, Pontevedra. Tel. 610 63 90 47
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