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Este siempre ha sido el mercado con el que los Torres tienen un vínculo más especial. Allí enfrente, su abuela cocinaba en una pensión cuando llegó a Barcelona de su Linares natal. Catalina compartía nombre con la Santa que cobija desde hace 180 años a los comerciantes de Ciutat Vella en esta plaza de abastos. Los vecinos del barrio de San Pere han acogido esta parada abierta hace seis meses con tanto entusiasmo que no es extraño encontrar a una señora que aprovecha para comer de tapas tras hacer la compra o a un grupo de oficinistas compartiendo espacio con los extranjeros llegados desde cualquier rincón y que aquí rompen con el tópico de comida para turistas.
“Tenemos el mejor producto y una conexión con las demás paradas del mercado que da valor a cada plato. Desde el primer momento hemos tenido la confianza de los clientes y nos encanta la acogida de los vecinos, algunos hasta lo han convertido ya en su lugar de referencia”, dicen Sergio y Javier mientras aprovechan para picar algo en una esquina de su propia barra. Aquí se cocina a la vista, con la eficacia que requiere un ritmo trepidante. Sin descuidar los puntos. Un fricando de ternera con setas que lleva horas cociendo a fuego lento en una olla enorme, la esqueixada de bacalao perfecta, la escalivada a la brasa o las mini tortillas hechas al momento, de las que salen más de 100 cada jornada.
Abierto de 12 de la mañana a 12 de la noche, hacen 600 cubiertos al día entre semana y 800 sábados y domingos. Un miércoles a las 13h el bullicio ya se ha apoderado del gran espacio que han habilitado de 500 m2, con cuatro ambientes. Sentados alrededor de una barra circular como las de antes de mármol blanco, con la suficiente anchura para acoger mostradores de cristal, donde se aprecia el producto fresco: gambas rojas, almejas, mejillón de roca o lomos de bacalao desalados, hermosos pimientos o los primeros rovellons de la temporada. Las mesas se ocupan rápido para acoger parejas, familias y amigos. Una pecera que conecta con la terraza en la calle, en la que alrededor de mesas altas se desprende un adorable jaleo.
No apetece levantarse porque encierra el auténtico espíritu de lo que siempre ha sido un bar, un lugar informal de encuentro alrededor de apetecibles bocados. “Nuestros padres tenían un bar, el Plaza en el Carmelo. Así que fue sencillo sentarnos a hacer la carta con los platos que nos apetecería comer. Un bar es la mejor terapia, un bar es amistad. La barra mola, puedes hablar con el cocinero. Da mucha vida y es el centro, no tenemos nada que esconder. Cuando montas el espacio, distribuyes los tiempos y los movimientos. Es nuestro hábitat y sabes cómo respiras, imprimes el espíritu de la casa y esta parada la estudiamos muy bien”.
Un numerosísimo equipo, de cincuenta personas, se encarga de que las comandas marchen rápido y explica todo lo que llega a la mesa. Como el pepito de ternera, que es uno de sus hits, de solomillo de angus en pan de cristal con tapenade de parmesano y tomate seco en la base y mayonesa de trufa por encima. Acompañado de patatas fritas caseras.
El clásico cap i pota, sin duda adictivo, tiene su truco. Se blanquea antes el cachete y la pata de ternera para resultar más liviano de lo habitual. Las albóndigas o las gambas al ajillo, frescas y enteras, un par de minutos a la sartén con un chorro de fino y servidas en cazuelita de aluminio mate con un aire retro, las migas de bacalao con patatas paja, huevo frito de payés y pimiento cristal, figuran entre los más pedidos. La lubina en escabeche de la ensaladilla rusa es todo un acierto, no solo para diferenciarse, sino porque su suave acidez encaja de maravilla y aporta frescor. Además es uno de los favoritos de Sergio.
No faltan unos macarrones del cardenal, tan típicos del recetario catalán, por capas y gratinados; o las croquetas de tamaño generoso, tanto de jamón como de setas. Unos pecaminoso torreznos y fritura de gambitas blancas. Sentado en la barra, todo se antoja viendo el espectáculo de la cocina en directo, donde el personal tiene claro que está en un escaparate en el que hay que ejecutar el trabajo con su mejor cara y rebajando el estrés habitual de un servicio tan exigente. Requiere una mise en place super organizada y un engranaje muy trabajado para que el cliente tenga la sensación de que todo fluye de manera natural.
Los Torres están felices, no podía ir mejor la experiencia de atreverse con un modelo que no es al que estaban acostumbrados pero en el que se manejan con soltura. De un 3 Soles Guía Repsol al barullo de un mercado, adaptando la calidad que les caracteriza a una dinámica nueva. No han escatimado en rodearse del personal necesario para que las cosas fluyan con el ritmo adecuado, sin esperas. “Nos gusta el buen rollo que hay. Se escuchan risas, tertulias y opiniones” dicen los hermanos. Los fuera de carta van a estar muy presentes. “Compramos mucho en el mercado, ahora entra el erizo, calamarcito, lo que haya del día en la lonja. Guisante, alcachofas, setas en temporada y guisos como el rabo de buey, que apetecen en otoño”.
El postre es un momento de placer en el que el quemador de azúcar de la crema catalana no para quieto. La tradición manda con el xuixo de crema pastelera y anís, los carquinyolis con vino dulce o el pan con chocolate, aceite y flor de sal. “Sencillez, producto y mínima intervención”, es la filosofía de la parada. Se ha cuidado todo al detalle. Incluso en el cuarto de baño se recrea la ambientación sonora de un mercado antiguo, la algarabía de los tenderos vendiendo el género a voz en grito que se mezcla con el run run de los clientes. Una sorpresa que sirve para poner en contexto el lugar en el que nos encontramos y resaltar la conexión con el producto adquirido en los distintos puestos.
MERCAT DE SANTA CATERINA - PARADA TORRES. Av. de Francesc Cambó, 16, Ciutat Vella, 08003 Barcelona
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