Su nombre no podía estar mejor pensado: abruptos acantilados, vegetación salvaje que prácticamente se adentra en el mar e infinitas playas y calas de arena dorada, convierten esta zona del litoral catalán en un ejemplo único de cómo la bravura de la naturaleza dibuja el paisaje a su antojo. Adaptándose a este entorno natural encontramos algunos de los pueblos con más encanto de Cataluña, repletos de rincones en los que uno desearía poder parar el tiempo. Son los pueblos de postal de la Costa Brava.

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